Anoche, entre sollozos, me sorprendió verme las uñas rojas sobre el lienzo de algodón blanco. «Al menos, puedo regodearme en algo en lo que encuentro belleza».
Me gustan las cosas bonitas, aunque no me obsesiono con rodearme de ellas. Todo tiene su momento y su espacio, así que dejo que lleguen, que aparezcan.
Creo que eso forma parte de la majestad con la que opero en mi día a día. Es la forma de moverme, de mirar, de estar bajo un almendro… Todo ha sido dispuesto para que yo esté ahí, como en un trono invisible que se mueve conmigo allá donde voy.
La terapeuta me dijo en la sesión: «Tienes tu nodo norte en Leo, nada menos. Tú eres una reina, y quien quiera acercarse a ti, tiene que pedir audiencia. Y si te joden, a cortar cabezas». Algo de eso sospechaba.
Lo cierto es que me anoche me sentó bien llegar hasta el fondo, después de la catarsis. Saber que no puedes bajar más es un alivio. Me recordaba a Geraldine Page en Dulce pájaro de juventud (Richard Brooks, basada en obra Tennessee Williams), diciendo incoherencias en la cama. Me falta el chico que me lleve borracha perdida de un lado a otro.
Esta mañana leía con las montañas de fondo, y al cambiar de página se dibujó una idea en mi mente que parecía de lo más coherente: no podría comerle la polla a un tío al que no le gustase que yo escribiera. Hace unas semanas, sentir que no había tenido esa oportunidad suponía un gran desconsuelo. Curioso.
Lo de esta mañana fue un spoiler. Esta tarde, no sé por qué, he acabado viendo Animales nocturnos, de Tom Ford (otra vez, y otra vez he pegado un respingo por el susto de la babycam). En esta peli se aborda cómo la falta de apoyo entre las parejas respecto a sus sueños e inquietudes—y las diferencias entre esos deseos y motivaciones— acaba con la relación, y puede generar un arte muy violento.
