#1

Allí estaba. Como si no hubiera pasado el tiempo, como si le hubiera visto ayer, aunque con otros ojos. Él se percató de su presencia, y tras fruncir momentáneamente el ceño, su mirada reveló una enorme alegría al verla de nuevo, de forma tan inesperada. Sin embargo, cambió el gesto inmediatamente y sintió que se ajustaba de nuevo a su ser, uno que desconocía. Avanzó hacia ella entre los grupitos de artistas, críticos y gente que simplemente tenía mucho dinero y no sabía cómo gastarlo.
—¡Hola! ¿Qué haces aquí?
—Eso me pregunto yo también.
—Me alegro de verte. ¿Has venido sola?
—Con un amigo. —(Pero podría dejarle aquí mismo si tú me pidieras que saliéramos ahora)— ¿Y tú?
En ese momento, apareció una chica atlética y enérgica, guapa, esquiva, con un vestido de cóctel que parecía valer veinte dólares, aunque en realidad costase veinte veces más. Una espectro verde paralizó a Sebas. Au revoir, ravie de t’avoir vu… Y en otra aparición, como sintiéndose retado, Finn vino volando, de un indeterminado lugar, rodeó por la cintura a Dela y espetó:
Salut! —Y dirigiéndose a Dela, pero solo de palabra, pues sus ojos recorrían de arriba a abajo a aquel hombre sin nombre— ¿Es que no vas a presentarnos?
—No creo que sean necesarias las presentaciones, nosotros ya nos íbamos —dijo aquella presencia verdosa que contaminaba el aire.
—Vaya, vaya, veo que aún estás amaestrándolo. Deberías atarle más en corto.
Dela fulminó a Finn con la mirada, casi por costumbre.
—Siempre he pensando que a estos eventos se venía para comprar, vender (¿o era venderse?). En cualquier caso, hay piezas de la colección privada que nos encanta sacar a pasear de vez en cuando, ¿verdad? ¡Buenas noches!
Sintiéndose molesta por algo, aunque sin saber muy bien por qué, la dueña de Sebas se enderezó en una pose que remarcaba sus músculos, imagen que no aportaba mucha feminidad al conjunto. Él, inmóvil, logró esbozar una sonrisa, y junto con su mirada, pretendió enviar un mensaje: «Lo siento muchísimo. Ojalá nos volvamos a ver, pronto, muy pronto». Volvieron sobre sus talones en un movimiento que bien podría haber sido entrenado, sujetó a Sebas con el otro brazo y se dirigieron a la salida con paso firme, mientras se despedían discretamente de algunos grupos.

—Si no me gustaran tanto los rabos, me casaría contigo —e hizo el ademán de hincar la rodilla en el suelo, elevando el vaso como si le ofreciera un anillo de compromiso.
—Me temo que a ti te gustan los rabos por los dos. —Era inevitable que se sintiera retada a diario ante algún comentario soez por parte de su amigo. Aun así, en su fuero interno sabía que era lo más tierno que presenciaría esa noche.
—Casi, querida, casi… —dijo con una obscena mueca en los labios buscando con la mirada el trasero de Sebas que se perdía entre la gente con dirección a la puerta, del brazo de su ama, aún sin el chip puesto.

De repente, Dela sintió una necesidad irrefrenable de salir de allí. Puede que necesitara aire fresco, o simplemente volver al mundo real. Lo que sí sabía es que si escuchaba la palabra «Harvard» una vez más, empezaría a gritar como una loca. También sabía que aquel encuentro se convertiría en otro episodio que la acompañaría, que tendría que superar y olvidar. Lo sucedido no podría des-suceder.