Categoría: Texto
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First blood

¿Acaso llevaba muerto toda su vida y estaba asistiendo a su propio renacimiento? Porque mientras corría el denso murmullo de sangre entre sus dientes, empezaba su no muerte eterna. Con solo unos segundos de intensidad sensorial olvidó la pesadumbre de la vida perdida, la que creía haber desperdiciado, la que no volvería a vivir… Intuía
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Check!

¿Cómo sería tu relación ideal?Me pregunto dónde se desarrollaría esa relación ideal, y no logro imaginar un lugar para ella. ¿Acaso existe? Supongo que me permito ser demasiado exigente, ¿y no debería? Cambiar mi wishlist no es una opción. Es precisamente ese repertorio de deseos el que enarbolo ante una ausencia —física, comunicativa o emocional—,
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Crianza
«Un comienzo titubeante, seguido de un desarrollo serio, con aparente tempo, que sorprende con inquietantes e intermitentes notas, acompañándote a un final que, a pesar de su contundencia, te invita a beber otra copa. El regusto a madera y metal merece una mención especial».– Con rima y aliteración incluidas (!) ¿Qué ha sido esta vez?–
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#3

¿Dónde han estado las palabras que pasan por mi boca? . . . ¿Hasta qué punto lo que digo es propio o prestado? Si solo puedo definir mi mundo con las palabras que conozco, ¿me estaré perdiendo algo importante? Algo para lo que no tengo palabras aún. ¿En qué medida las palabras de otros me
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Out of the blue

Buscando quién era un tal Andrew Lyndon, a quien Truman Capote dedicó uno de los mejores cuentos que hay en la antología Cuentos Completos, «Niños en sus cumpleaños», llegué a esta historia del sureño publicada en Esquire en 1975: «La Côte Basque». Pretendía ser la antesala a su esperada obra «Plegarias atendidas», y se desarrollaba
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#2

Desde arriba, casi siempre, aunque a veces al mismo nivel de la masa que flota, ella domina su movimiento, ella dirige sus cuerpos y su estado de ánimo. Las palabras son prácticamente innecesarias — recurre a sonidos divinos, los que solo pueden ser escuchados si son invocados y revelados en sus manos. Hechiza el espacio
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Joel y Idabel
No éramos Joel y Idabel. No bastaba con ir llorados de casa, no; ni siquiera podíamos decir que a veces lloramos (pero no se lo digas a nadie). Aunque lo hice, a base de bien, y sin derecho a réplica —a darte un tortazo porque habías visto que era exactamente lo que parecía ser*. Ya
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Azul
La historia termina cuando, mirándose a los ojos, se dicen en silencio: «Te he querido, te he querido y te he deseado. Gracias por haberme habitado. Ahora, ni nos necesitamos ni nos apetecemos. Lo sabemos y lo aceptamos. El árbol más grande nace de una semilla bajo la tierra, pero nuestro origen clandestino brotó del

