Se hicieron amigos de pequeños, y hasta ahora. Una mirada bastaba para entenderse, o al menos, así había sido siempre. Sin embargo, cada vez eran más frecuentes momentos de incomprensión, de aislamiento, de constatar que algo ha cambiado.
— Ya se cansará.
— O no —le dice haciendo zoom con los dedos—. Toma, un wasap. Qué pena me das.
— Jajaja. Así me distraigo… Sigue en pie lo del jueves, ¿verdad? —dice cambiando de tema, y dejando el audio para después—. Estoy en racha…
— ¿Tiene la semana siete días?
Y entonces ve cómo su amigo de toda la vida deja de estar allí, para irse a espiar por la puerta entreabierta del salón de su casa y ver a sus padres bailando Los Panchos. Lo tiene claro, pero eso no le libra de una punzada en el pecho cuando vuelve a darse cuenta de que nunca volverá a verles bailar, ni hacer ninguna otra cosa juntos.
Él lo deja tranquilo. En unas horas —si no, menos—, aparecerá remando a brazo partido en la orilla de esa isla, la que emerge con la desilusión de la madurez, y le llevará a tierra firme.
