Elige bien a tus maestros.
Pero, ¿y qué pasa con los alumnos que no has elegido?
Estoy harta del coaching. Harta de sujetar espejos. Harta de encontrarme con gente que no tiene ni puta idea de quién soy, pero que aun así, se permite pedirme explicaciones. Luego está la versión de los que tratan de explicarme cómo soy en un vano intento de echarme flores, algo que me ha sucedido más recientemente, que llevo igual de mal, o peor.
Cuando alguien te lleva a plantarte escribir un texto que se titula «¿Estamos bien?»… Sound the alarm. Porque esto demuestra un nivel de expertise al que yo, desde luego, no estoy acostumbrada. Afortunadamente, la perturbación en la fuerza la noto bastante pronto, y obro en consecuencia: normalmente, cortando por lo sano. Y es que, desafortunadamente, me he encontrado con muy pocas relaciones y/o personas que merezcan la pena una lucha, una conversación. En cualquier caso, esta entrada es una reacción, una manifestación, una ofrenda —en definitiva—. Al César, lo que es del César.
Tras superar ese bache/paja mental/¿he hecho algo mal?, en el peor momento posible, una auditoria. «Tú dijiste esto, y no estás obrando según lo dicho».
Pensé que podría dejarlo pasar. Y volví a quedarme callada, jijí jajá. De hecho, le di más material. Fui yo la que acabó siendo comprensiva. Atención al M.O. ⚠️⚠️⚠️ Y aquí no ha pasado nada…
Pero sí había pasado. Me cabreé y me disgusté. Sabía que no podía gestionarlo entonces. Pero hay mucho tiempo. Y este tiempo, en concreto, es uno que me he de regalar.
¿Por qué las cosas tienen que joderse siempre? Porque hubo buenos momentos, incluso no dudo de la ausencia de mala intención. Pero llegó el momento de recuperarme. Y, repito, no es mi cometido decirle a la gente cómo tiene que comportarse. Como dice la canción, «ya no puedo más».
Estoy intentando ser una persona que se quiere, que sabe darse lo que le conviene y que dice «NO» cuando es necesario. Así que en vez de seguir perdiendo más energía, en vez de seguir orbitando alrededor de alguien que consigue que todo gire alrededor de su persona, me bajo del escenario.
Porque durante un tiempo mi pseudónimo era «actrizdereparto», pero ya no. Ahora soy la protagonista. Sin público. Quién sabe, quizá algún día alguien comparta diálogos conmigo… de igual a igual. O no.
De momento, me quedo con los monólogos, orbitando en una constelación en la que la única estrella —la protagonista— soy YO.
Tengo derecho a cambiar de opinión,
a sentir mil emociones diferentes y dispares.
Tengo derecho a decir una cosa y luego otra, y después otra.
A decir que no, y a decir que sí.
Porque ha sido mucho tiempo pensando en el otro, en el otro lado de la balanza. Ahora ha llegado el momento de pensar en lo que yo quiero. Y los demás, que se apañen.
