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Si pudieras ser un personaje de un libro o una película, ¿quién serías? ¿Por qué?
Yo ya estoy hecha todo un personaje, jajajaja.
(Por una vez, me resulta atractiva una sugerencia de escritura de WordPress).
Ayer vi Frankenstein, de Guillermo del Toro. La disfruté mucho.
Me pregunto si a esa pregunta alguien respondería «La Criatura de Frankenstein». A veces me siento un poco así: sin rumbo, ni razón de ser, ni compañero… Me gustó la respuesta que le da Victor al final en la versión de Del Toro: Ya que estás vivo, ¿por qué no vivir? Vive. Sabemos que tener a alguien es fundamental para la vida (mensaje de Shelley) pero, ¿qué ocurre si estamos solos? ¿Suicido colectivo en solitario?
Parece que ese personaje/criatura estaba esperando a que la interpretara el actor con nombre de erección. No es que Jacob Elordi sea un invitado a mis sueños húmedos, pero se deja ver. Y con ese regalo de personaje, cómo no despertar sentimientos.
Entre unas cosas y otras, he olvidado mencionar que ya he empezado la segunda parte de El tiempo perdido, que se titula A la sombra de las muchachas en flor. Me parece una imagen preciosa, de un gusto exquisito, que dice mucho con muy poco. Este segundo volumen empieza con todo un personaje: M. de Norpois, uno al que me hubiera gustado conocer —aunque probablemente hubiera acabando vacilándole—.
El comienzo de este segundo volumen no me ha decepcionado: estoy encantada. Da la sensación de que ya formo parte de ese universo.
Merci beaucoup!
Hamlet, otro personaje… La gente, cuando sueltan con guasa eso de «Ser o no ser, esa es la cuestión», ¿tienen idea de del mensaje tan potente que transmite Shakespeare con ese monólogo? Y es que más bien es un «¿Irse o quedarse?»
Menuda sorpresa me he llevado al encontrarme con esto, con mi lectura de Esquilo tan reciente y la entrada dedicada.
Se alejó disculpándose y volvió a su casa, feliz de que la satisfacción de su curiosidad hubiera dejado su amor intacto, y de que tras haber simulado ante Odette, desde hacía tanto tiempo, una especie de indiferencia, no le hubiera dado, por culpa de sus celos, esa prueba de que la amaba demasiado, que entre dos amantes dispensa, por siempre jamás, a quien la recibe de amar lo suficiente. No le habló de aquel malhadado incidente; él mismo llegó a olvidarlo. Pero, en ocasiones, la mente se tropezaba en su deambular con aquel recuerdo que ella no había visto, lo hundía más adentro, y Swann sentía un dolor repentino y profundo. Mas al igual que con un dolor físico, los pensamientos de Swann no podían aminorarlo; aunque, al menos, el dolor físico, como es independiente del pensamiento, puede el pensamiento detenerse en él, comprobar que ha disminuido, que ha cesado momentáneamente. Pero aquel dolor, el pensamiento, por el mero hecho de recordarlo, lo recreaba. Querer no pensar en él, era seguir pensando en ello. seguir sufriendo por ello. Y cuando conversando con amigos se olvidaba de su mal, al oír de pronto una palabra que le decían se demudaba, como un herido al que un torpe le toca por descuido el miembro que le duele.
En un principio no había tenido celos de toda la vida de Odette, sino solo de los momentos en que una circunstancia, quizá mal interpretada, le hacía suponer que Odette podía haberle engañado. Sus celos, como un pulpo que lanza una primera, luego una segunda, luego una tercera amarra, se aferraron con solidez a ese momento de las cinco de la tarde, después a otro, y más adelante a otro más. Pero Swann no sabía inventar sus sufrimientos. No eran sino el recuerdo, la perpetuación de un sufrimiento llegado de fuera.
Proust, Marcel En busca del tiempo perdido «Por el camino de Swann», págs. 334-335 y 343, Alfaguara (2024).
Y por cierto, yo también sé lo que es que te cambie la vibra al oír una palabra sin ningún significado especial aparente.