Hace poco leí un post o un comentario (era una conversación entre CatBallou & Jöiel – ¡¡la ö me ha salido a la primera con el teclado (porque estaba en CAPS!!) donde creí encontrar un concepto que se infiltró en mi cabeza… o en el corazón. Ni siquiera fueron esas las palabras exactas; lo que recibí fue la imagen de sonrisas de cristal.
Las sonrisas de cristal son aparentemente delicadas pero en absoluto frágiles, y sobre todo falsas. A una sonrisa así le resbalan los comentarios de cualquier categoría de subnormal, los actos mezquinos, la injusticia, pero también los gestos tiernos, la bonhomía, y resiste hasta la verdad, la lógica o la realidad más adversa. En definitiva: esa sonrisa se mantiene impertérrita ante cualquier situación. Es la sonrisa Profidén con la chispa del cristal que brilla.
¿Cómo distinguir una sonrisa de cristal de una sonrisa de… aire, por ejemplo?



Las sonrisas de aire frío son las que nos regalamos a nosotros mismos cuando nos hacemos el paripé a nosotros mismos, como en esas fotos mías. ¿A qué venía tanta aparente felicidad? Ya os digo yo que a nada.
Las sonrisas que se rompen no son de cristal… Todos hemos sentido cómo se nos rompía una sonrisa. A veces es solo el aviso, la grieta por donde empezamos a resquebrajarnos… para acabar rompiéndonos por entero.
Esto me recuerda a la frase: «Si brillo por fuera es porque ardo por dentro», de Himno para los que están jodidos.
(Estoy escribiendo este post con una idea que me ronda mi cuerpo físico y no sé cuantos más esotéricos: ¡Qué vergüenza de vida, quillo! Pero no creo que vaya a escribir sobre ello: voy a hacer como que no está tan mal…)
Más sobre sonrisas, en breve.

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