Ella dijo «Ven». Él dijo «Voy».
Y ella se quedó esperando, sin saber si habría llegado o no.
Se sorprendía oscilando entre el mutismo ensordecedor, el ocasional onanismo vespertino y —esto era lo peor— la sospecha de que sus intentos de seducción le habían arrojado en brazos de la sodomía.
Como era la época, se contentó con un helado de cucurucho. En el dorso de la tapa rezaba el dicho de un sabio: «Hay siestas, y siestas».

