Menuda sorpresa me he llevado al encontrarme con esto, con mi lectura de Esquilo tan reciente y la entrada dedicada.
Se alejó disculpándose y volvió a su casa, feliz de que la satisfacción de su curiosidad hubiera dejado su amor intacto, y de que tras haber simulado ante Odette, desde hacía tanto tiempo, una especie de indiferencia, no le hubiera dado, por culpa de sus celos, esa prueba de que la amaba demasiado, que entre dos amantes dispensa, por siempre jamás, a quien la recibe de amar lo suficiente. No le habló de aquel malhadado incidente; él mismo llegó a olvidarlo. Pero, en ocasiones, la mente se tropezaba en su deambular con aquel recuerdo que ella no había visto, lo hundía más adentro, y Swann sentía un dolor repentino y profundo. Mas al igual que con un dolor físico, los pensamientos de Swann no podían aminorarlo; aunque, al menos, el dolor físico, como es independiente del pensamiento, puede el pensamiento detenerse en él, comprobar que ha disminuido, que ha cesado momentáneamente. Pero aquel dolor, el pensamiento, por el mero hecho de recordarlo, lo recreaba. Querer no pensar en él, era seguir pensando en ello. seguir sufriendo por ello. Y cuando conversando con amigos se olvidaba de su mal, al oír de pronto una palabra que le decían se demudaba, como un herido al que un torpe le toca por descuido el miembro que le duele.
En un principio no había tenido celos de toda la vida de Odette, sino solo de los momentos en que una circunstancia, quizá mal interpretada, le hacía suponer que Odette podía haberle engañado. Sus celos, como un pulpo que lanza una primera, luego una segunda, luego una tercera amarra, se aferraron con solidez a ese momento de las cinco de la tarde, después a otro, y más adelante a otro más. Pero Swann no sabía inventar sus sufrimientos. No eran sino el recuerdo, la perpetuación de un sufrimiento llegado de fuera.
Proust, Marcel En busca del tiempo perdido «Por el camino de Swann», págs. 334-335 y 343, Alfaguara (2024).
Y por cierto, yo también sé lo que es que te cambie la vibra al oír una palabra sin ningún significado especial aparente.
