¿Acaso llevaba muerto toda su vida y estaba asistiendo a su propio renacimiento? Porque mientras corría el denso murmullo de sangre entre sus dientes, empezaba su no muerte eterna.
Con solo unos segundos de intensidad sensorial olvidó la pesadumbre de la vida perdida, la que creía haber desperdiciado, la que no volvería a vivir…
Intuía que el reino que habitaría a partir de entonces sería el de las sombras… Sin embargo, nunca había experimentado su mundo anterior con tal potestad, una especie de derecho adquirido post mortem. Bajo un nuevo rol de espectador —¿Quién le hubiera dicho que disfrutaría tanto?— observaba la existencia de forma privilegiada.
El detalle más nimio cobraba significado. Las flores se abrían para él, los animales se agazapaban en su presencia, el pulso de las damas bullía como un arroyo que gorgotea entre las rocas. Era todo suyo: un mundo a sus pies al que no podría volver a pertenecer.
Dicen que es lo natural, pero yo siento que me estoy rompiendo. ¿Qué se supone que tengo que hacer ahora? ¿Actuar con naturalidad? Una nueva etiqueta, #mujer Pero… ¿qué mujer? ¿Una mujer, mujer? ¿Ahora qué me espera?
Según dijo un viejísimo doctor indio en The Guardian «que se te desintegre la pared interna del útero porque no estás gestando —que es lo que se supone que tendría que hacer una hembra—, no es para vanagloriarse; lo natural, no es tener el periodo, sino no tenerlo…». O algo así. Es que no he encontrado el link con la entrevista.
Otros dicen que si no tienes la regla, el problema es que no la tienes —tener la regla es la regla—, y si la tienes, ¿qué tienes que hacer?
Aquí todo el mundo opina. Yo me sigo preguntando a día de hoy, después de mucha sangre derramada, si soy mujer, mujer. Porque entre la biología y el género, me planteo si estaré dejando de llevar a cabo ciertos actos performativos, biológicos o sociales que hacen imposible que sea una mujer.
Y ya que estamos, no creo que tener la regla sea un vínculo cósmico-femenino que te conecta con el origen del universo. A pesar de que pueda parecer necesario biológicamente es, por encima de todo, un COÑAZO.
Llevo días preguntándome si hubiera actuado de otra forma en caso de haber tenido otra opción.
Yo fui lo último que vieron sus ojos, y aunque dudo que tenga esa imagen grabada donde quiera que él esté, de algo estoy seguro: yo no podré olvidar sus últimos segundos mientras viva. Dónde quiera que esté… ¡Cómo si no lo supiera! Lo tengo tan cerca, en cada pensamiento, en cada acción. No volverá a poner los pies junto a la cama al despertarse, ya nunca se lavará los dientes ni se quitará las legañas.
Fue su sangre lo que calentó mis dedos cuando le clavé el puñal en su abdomen. Lo hice con una dificultad reveladora de una materia y una densidad absolutamente terrenales y, hasta ese momento, completamente desconocidas para mí. Su fortaleza y mi debilidad me avergonzaron: «Debería ir al gimnasio más a menudo».
Seguramente no lo volveré a hacer, aunque no me siento especialmente mal al respecto. Tengo toda la vida por delante y no pienso desaprovecharla. Seré mejor persona, mejor marido, mejor amante. Ahora podré ser él.
Imagen destacada: The Fall (Tarsem, 2006) – Hace demasiado que no veo esa peli.

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