Me topé con esta frase en Mañana en la batalla piensa en mí, de Javier Marías. Aunque la idea no hubiera cristalizado como tal, es algo que tenía interiorizado. Yo he sentido la necesidad de dar las gracias por haber sido receptora de revelaciones (no siempre de forma deliberada o personalizada), expuestas con más o menos arte.
Creo que en ocasiones el hecho de contar o contarse sí merece un agradecimiento, porque implica depositar la confianza del que cuenta en el que escucha, siempre y cuando lo que se cuente sea verdad —o casi—, o bien que ambas partes sepan que es una invención. A veces no se espera ese «gracias», a veces ni el relato. Pero… ¡¿en cuántas ocasiones decimos «hubiera preferido seguir sin saberlo»?! Muy pocas. Nos pone saber.
Y si no nos quedamos esperando el aplauso, es porque quizá porque conocemos —o solo deseamos— el premio que vendrá después, una parte esencial de lo que significa estar vivos: dejar una huella en el tiempo, en el espacio y en las conciencias que transitamos.
Y aunque sólo nos escuchen o nos lean un minuto —que ya es un milagro hoy en día—, puede que sí, que acabemos siendo parte de esas conciencias, tiempos y espacios ajenos*. Y entonces, todos deberíamos estar agradecidos.
** De hecho, ya lo somos, pero bueno, dejémoslo así…
Este texto estuvo en la papelera porque dejé de identificarme con él y porque acabó resultándome terrible, a pesar de que al principio lo vi como casi lo mejor que había escrito. Ahora, leyéndolo de nuevo, me parece que es bastante aceptable, y por eso me he decidido a compartirlo (excepto el último párrafo). Aunque de vez en cuando coquetee con la invención (es algo que debería hacer en la vida real más a menudo) seguiré siendo fiel a la verdad; es como me siento más a gusto.
Desde el comienzo del blog, hace ahora un año, siempre he escrito bajo el estandarte o etiqueta #verdad Ser honesta conmigo misma y con los demás ha sido algo tan inherente a mí como mi nombre (uno que me pesa más de la cuenta; a veces me da la sensación de que no estoy a su altura, aunque tampoco me imagino con otro). Pero igual que te decepcionan las personas (y sus nombres), también lo hacen los conceptos y los ideales.
La verdad se me ha caído. Acostumbrada a verla envuelta en un halo de dignidad, de repente ya no la veo tan venerable. He dejado de sentir placer recreándome en ella. Por fin le he despojado del estatus que le había atribuido, aunque me haya costado bastante.
Con la verdad, especialmente la de uno, la de sangre y la que sangra, no se suele llegar a ningún sitio que merezca la pena. Quizá el único lugar que las valga —la verdad y la pena— sea el interior de uno mismo, y ese es un panorama muy jodido. Supongo que nos levantamos cada día porque preferimos pensar que eso no es cierto; y sin embargo, puede que tomarlo como tal sea razón más que suficiente para salir de la cama. Ahora bien, el hecho de indagar en lo más remoto y esencial de nosotros mismos no tendría que conllevar, precisamente por su carácter íntimo, una exposición indiscriminada. Olvidé algo que la mayoría recuerda: podemos elegir cuándo, cómo o con quién ser generosos. Además, consideré esa generosidad encomiable, necesaria y justa (¡La hostia! Sí, todo eso. Cualquiera que haya leído el blog de vez en cuando sabrá a qué me refiero). No es un error gravísimo —nadie es tan importante y nada importa tanto—, pero el regusto a vulnerabilidad en la saliva no es muy agradable, y me apetece probar otros sabores.
Tampoco se llega a cama alguna, a veces ni a la propia. ‘Tengo sueño, pero un capítulo más, una página más’. Nos dejamos mecer en una marea de mentiras, y lo hacemos con gusto. Es lo que tienen en común las historias y el cortejo, aunque con el flirteo sabemos a qué orilla queremos llegar. Es divertido negar ese deseo, incluso ante nosotros mismos. Además, hay mentiras a las que no nos conviene darles réplica. «¿Yo? Pasaba por aquí».
Más allá de nuestro corazón y nuestro instinto, no queda mucho más, pero de una variedad y una urgencia tales que no podemos ignorar. Vivimos en un mundo donde nos acaba definiendo lo que menos somos en realidad. También ahí surgen a diario oportunidades de plantearnos algo diferente y de compartirlo: una forma de ampliar nuestra vida, al menos de palabra. Palabra, curioso término para expresar «Lo juro. Verdad de la buena».
Así que por qué no retorcer algo esas palabras, permitirnos escoger la narrativa que nos venga mejor, enseñar nuestras bitácoras más o menos inspiradas, nombrar los astros y las estrellas que no vimos. ¿Y quién vendrá a decirnos que no estaban allí?
Es imposible definir algo en la nada. Todo es en relación a algo ajeno, en lo que se diferencia de lo otro. Al menos, eso dicen algunos.
El tiempo también define. ¿Cómo designar un momento como inolvidable sin el paso del tiempo? No puedes vivir una experiencia y decir: «Esto será inolvidable». Puedes intuir que se quedará contigo, pero la certeza llegará con los días. Y en cualquier caso, ¿hasta cuándo?
También podrías morirte mañana o desarrollar amnesia. Y ese trance dejaría de existir en tu memoria. Lo inolvidable se extinguiría.
Últimamente estoy pensando mucho en una noche de hace dos veranos. No me atrevo a llamarla inolvidable. Soy algo escéptica.
Hace un par de años, una noche de verano de insomnio decidí echarme a la calle a las 4 a.m. y acercarme a un lugar que aún no conocía de la ciudad por el que tenía interés: el Parque del Centenario. Envuelta en el leve frescor urbano, y a paso ligero, estuve casi una hora caminando por aceras desconocidas. Crucé algún saludo con otro noctívago (insomne o muy madrugador). Estaba contenta y relajada. Me había aventurado a explorar aquel lugar y me sentía satisfecha conmigo misma. Podría haberme encontrado con alguna persona durmiendo por allí, pero no suelo ser miedosa para esas cosas.
Un rótulo de acero corten y restos de una exposición —o dinero público mal invertido— daban la bienvenida a lo salvaje: el Estrecho, la vegetación litoral… y también a unas imponentes estructuras de cemento que hacían de bancos y miradores. Aún quedaban minutos de noche cerrada. Estaba por primera vez ante ese mar que jugaba entre unas rocas rasgadas sin explicación fuera de la mitología. En frente, el peñón de Gibraltar, que visto desde allí es exótico por derecho propio y no por razones geopolíticas. Por último, la música. Había descubierto recientemente lo último de Asier Etxeandia, su proyecto Mastodonte. Estaba fascinada con ese disco y lo escuchaba sin parar.
En ese momento, no era consciente de que estaba disfrutando de todo aquello sin relacionarlo con nadie ni nada en concreto. Sólo se trataba de hundirme en esa experiencia nocturna, en el mar a mis pies, en el aire benévolo de esas horas. Sí era consciente de que no necesitaba nada más. Durante unos instantes, el musgo y la sal en el ambiente, la luna casi invisible dirigiendo la marea, y el impulso que me llevó aquella noche a ese punto del planeta se convirtieron en lo único que necesitaba para sentirme viva.
No estaba sola. Al cabo de unos minutos empecé a distinguir cómo alguien se zambullía a lo lejos buscando huellas de dioses antiguos. Estaba demasiado lejos como para que hubiera oído cantar Fuerte y lento.
El perro dormitando vigila de reojo el alba.
Tan solo unas semanas después, empecé a querer algo que no podía ser mío. Y llegó el dolor, y el vivir los días en relación a aquel deseo insatisfecho. Es un resumen muy sucinto, que solo sirve para seguir esta entrada.
Ahora que he logrado desprenderme de todo aquello, sin recurrir a Leroy Merlin ni usar comodines, me encuentro otra vezdeseando algo más de lo debido. Puede que no me haya querido dar cuenta de que ese capricho pseudo-voluptuoso ya llevaba ahí un tiempo, bien porque tenía otros asuntos que atender —entre ellos lograr ese desapego—, bien porque quería que desapareciera. Seguramente lo haya aprovechado en cierta manera.
Por eso estos días estoy recordando aquella noche, en la que inspiraba a pleno pulmón la ausencia. Y, sin embargo, haciendo trampas, puedo hacer como si lo fuera —libre—, y me dejo impresionar y me vuelvo a perder…
¿Qué es lo que convierte algo en suficiente?
Y de los momentos en los que no necesitaba nada a estos de ahora en los que la necesidad se hace más patente.
Hay, sin embargo, una extraña sensación de libertad y de tranquilidad cuando me enfrento a mi realidad actual: árida, salada, con algunos momentos resbaladizos que, si bien no son espectaculares, tienen su aquel.
El domingo me senté en un banco situado encima de las raíces de un plátano de sombra, y bajo su inmensa copa (las ramas tienen unas vetas muy bonitas). Estaba totalmente acogida por el árbol. Sin embargo, estar sola físicamente —sí tengo al alguien con quien compartir cómo me siento y donde encuentro apoyo y ayuda, pero me hubiera gustado tenerlo además de otras formas—, y el hecho de estar topándome con dificultades de diversos tipos (a todos nos pasa, a unos más que a otros), me hizo pensar que ese abrazo del árbol era una señal. Percibí que estaba transitando algo importante en mi vida: la certeza de que podía estar sola, que eso es lo que hay, que me tengo a mí, y que si estoy pudiendo con esto, es que he pasado al siguiente nivel.