Eso dice Samantha Devin en su artículo sobre Marlon Brandon. Estoy completamente de acuerdo.
Anoche escribí que saber algo sobre alguien que no conocía me había hecho sentir mal.
Como si el hecho de no conocer a alguien impidiera que nos afectase menos, que nos influyera en menor medida. El ego y el orgullo pretenden delimitar lo que nos puede hacer sufrir por el simple hecho de calificar algo como ajeno. «A ti te encontré en la calle…» El pueblo que cargamos a cuestas habla. Porque parece que la familia, lo que nos es conocido, lo que tenemos alrededor y a lo que pertenecemos, es lo único que debería importar: es lo que vale. Y no es así. A veces eso es hasta peor que lo desconocido.
De hecho, es en los desconocidos donde puede que encontremos el consuelo que necesitamos.
“Que no conozco…” No es justo. Puede que esté en otra dimensión, pero si nos ha transformado de cualquier modo, ya sea a peor o mejor, forma parte de nuestra realidad. Así que tendré que enfrentarme a mis sentimientos de otra manera, pero no puedo venderme la moto a mí misma de que no me afectará porque es alguien random. Por una parte, porque realmente no lo es, y por otra, porque da absolutamente igual en tanto en cuanto a mí me cambie.
