Nadie sabe que respiro. Y, por eso, ¿voy a dejar de respirar?
Nadie sabe que escribo. ¿Acaso dejaré de escribir por eso?
Nadie sabe que amo. A pesar de eso, no voy a dejar de amar.
Categoría: reflexiones
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1 comentario sobre Nadie
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He tardado en reaccionar. Soy consciente de ello. Cuando pasó debía ocuparme de otras cosas (esto no es más que un pasatiempo, ¿no?) Es más, seguí como si no hubiera pasado nada.
Eso de seguir como si no hubiera pasado nada y quedarse con cara de alelada puede convertirse en un fuerte hábito e instalarse en tu modo de ser. Se crea un halo invisible pero reconocible, palpable.
Hace algún tiempo me pasó algo parecido, aunque el foro era completamente diferente. Pero veo que da igual. Entonces no me respetaba lo suficiente, creía que no me merecía ciertas cosas, que tenía que pedir perdón por haber actuado con demasiado entusiasmo. La inseguridad no me dejó ver las cosas claras. Sólo acertaba a explicarlo de una manera: yo había hecho algo mal. A pesar de ser algo muy importante para mí en aquel momento, me quedé ahí, como una estúpida, sin preguntar «¿Qué cojones ha pasado?». Al menos en esta ocasión que relato hoy, llegué a manifestarme de alguna manera cuando ocurrió, aunque no sirvió de nada, como explico más adelante.
Recientemente he decidido dejar de ser una víctima de cualquier tipo. Mi tolerancia al abuso, aun en su más mínimo grado, se está agotando, aunque el término es excesivo para este episodio: «recochineo» o «falta de respeto» serían más adecuados.
¿Por qué alguien te propondría algo sin querer que suceda realmente?
Si a mí me dicen algo parecido a «Tenemos que hablar», yo entiendo que hay una disposición hacia la comunicación —y eso que esas tres palabras son bastante mal recibidas por lo que habitualmente suponen—. Pero supongamos que no hay nada delicado que discutir: deberíamos considerarlo como una invitación a compartir cierta información, en principio.
Tras considerarlo unos instantes, no vi descabellado iniciar esa comunicación, tomar la iniciativa, realizar algún tipo de acto lingüístico por el medio que fuera. Mandé un email, sólo una frase en el asunto, cuerpo vacío. No obtuve respuesta o reacción de ningún tipo. Vacío. Cuando expresé mi desconcierto —me repruebo haberlo hecho con cierta guasa y calificando el acto como simbólico, subestimándome así a mí misma— respondiendo a ese comentario de Tenemos que hablar, me devolvió aún más vacío.
[Lo que no sabéis, ni él tampoco, es que yo había escrito un email con bastante texto unos días antes, que no había sido entregado porque me equivoqué de dirección de correo electrónico: las hacker-hadas siempre intentan ayudarme. Decidí cancelar. Ese Tenemos que hablar hizo que volviera a replantearme la comunicación.]
Paralelamente se desarrolló otra conversación que acabó literalmente con «No leas [eso]. Haz algo útil con tu vida. Eso que ya estás haciendo». ¿No quieres paternalismo? Toma dos tazas. ¿Con eso que ya estaba haciendo se refería a hacer el gilipollas?
¿Acaso consideró que necesitaba una lección disfrazada de cierta pseudo-condescendencia o tan solo se trata de puro vacileo gratuito?
¿Es que todo es una pose? ¿Qué hay de verdad ahí fuera?
Encima, sospecho que algún comentario mío varias semanas antes fue eliminado. Aquellos días no tenía bandwidth para dedicarle a esas tonterías, aunque precisamente eran mi única vía de escape, y por eso la voz que me decía: «Jimena, deja de hacer el subnormal de una puta vez, hostias» no la escuché. Reconozco que soy muy lenta en determinados procesos. Me tomo mi tiempo, degusto cual buqué un desaire. ¡Que hace dos días le he dado un like a una entrada! Porque me gustó y porque escribe bien. Me falta algo o alguien que me grite: «¡Se están cachondeando de ti! ¡Estás haciendo el candao!» (Tomad variedad lingüística geográfica).
Quizá pensó que debía aprender que en el mundo hay círculos exclusivos y delimitados para ciertos tipos de personas especiales —donde quieren que te asomes y que les des eso imprescindible para que sigan vivos, pero… this is members only. Creo que eso ya lo sabía, y nunca podría ni he querido pertenecer a esos cogollitos. Prefiero quedarme en esta parte del mundo, más prosaica, más vulgar, menos cool, menos chic: en las antípodas de la société cultural de la capital. Desconozco si su modo de preceder se debe a la adscripción a tales grupos o es innato a su persona. Me da igual.
Hay muchas cosas que no sé, otras que sí, y otras que sé antes incluso de percatarme de que las sé, aunque las quiera obviar. Luego están las que no se aprenden, se saben por instinto. Posiblemente haya habido algo de eso.
Pienso que doy demasiadas oportunidades y no veo el bombardeo de señales, o no las quiero ver. En el fondo de todo esto está el respeto a mí misma, o más bien, la falta de él. Por tanto, el verdadero objetivo es actuar respetándome siempre. Puede que así, por la magia del espejo, deje de tener que enfrentarme a esas «faltas de respeto» ajenas.
Ya dijo Esquilo que se aprende sufriendo. Ahora que ya he asistido a unas cuantas clases de «Cómo reaccionar al vacileo 101» y «Respétate de una puta vez 101», estoy experimentando cambios, y esta entrada es una muestra.
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Ver otro continente desde el bus para ir a uno de mis sitios favoritos es algo que se sale de lo habitual, en términos generales. No he podido evitar que lo sea —un sitio especial— a pesar de que para mí estos viajes tienen un regustillo a peregrinación, o de visita al cementerio… Podría ir en coche, es un trayecto asombroso que he llegado a disfrutar —hay demasiado puto coche.

Me hace pensar en mi posición actual de persona en el mundo, pequeña, con sus cosas… Me doy cuenta de que ahí enfrente, la Directiva Máquinas, el ideal griego o mi forma de desenvolverme en el mundo son papel mojado. Realmente, no hace falta irse a otro continente. Solo con mirar a la ventana de enfrente, a las parejas de los áticos por encima y por debajo, doblando las sábanas después de diez días de lluvia, pero rápido que nos toca cerveza, y soltar algún «Qué pena de terraza, ¡cómo la tienen!» ocasional. Es un fastidio vivir en comunidad, sobre todo si te gusta que las cosas estén de una determinada manera. A todo el mundo le gustan las cosas de una determinada manera, y hace lo posible para que eso no cambie… Siempre ha sido así.
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Manteniendo el statu quo *.
Algo que me pone de muy mala hostia es esa frasecita
que cada vez es más habitual en los muros de las ciudades:
«Los muralistas no pintamos grafiti».
¿No se dan cuenta que si no fuera por el malvado grafiti,
ellos seguramente no estarían dejando su impronta subvencionada?* Statu quo se pronuncia [estátu-kuó] 🤯
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La globalización es una mentira que nos hemos contado, que nos viene bien. No negaré que ver a una chica de Tanzania observando el interior del frigorífico esperando una revelación del Oráculo de Delfos me recuerda lo que nos une, pero hay otros mundos, y justo en el sitio donde resido conviven a diario.
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Todos a una, a la fuerza.
—¿Dónde quedamos?
—En los globos..
Es probable que para la supervivencia en estos tiempos de mierda sea más importante conocer qué les pasa a los venezolanos que saber por qué un sobaco huele más fuerte que el otro. Aprovecho para compartir mi teoría no validada por ningún ente artificial ni humano: las diferentes actividades de los órganos y glándulas producen diversos productos de desecho y toxinas en el organismo, y tendemos a usar un hemisferio cerebral más que el otro (a veces, ni eso). Seguramente sea la axila contraria.
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A mí eso de la supervivencia ya me viene de fábrica, es algo más atávico que social. Así me va. Prefiero curiosear cómo somos, cómo funcionan las cosas, de qué somos capaces para lograr alquimia, hacer magia, y que algo ahí fuera cambie. Y eso también podría ser comunidad. Pero qué difícil…
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¿Acaso llevaba muerto toda su vida y estaba asistiendo a su propio renacimiento? Porque mientras corría el denso murmullo de sangre entre sus dientes, empezaba su no muerte eterna.
Con solo unos segundos de intensidad sensorial olvidó la pesadumbre de la vida perdida, la que creía haber desperdiciado, la que no volvería a vivir…
Intuía que el reino que habitaría a partir de entonces sería el de las sombras… Sin embargo, nunca había experimentado su mundo anterior con tal potestad, una especie de derecho adquirido post mortem. Bajo un nuevo rol de espectador —¿Quién le hubiera dicho que disfrutaría tanto?— observaba la existencia de forma privilegiada.
El detalle más nimio cobraba significado. Las flores se abrían para él, los animales se agazapaban en su presencia, el pulso de las damas bullía como un arroyo que gorgotea entre las rocas. Era todo suyo: un mundo a sus pies al que no podría volver a pertenecer.
Dicen que es lo natural, pero yo siento que me estoy rompiendo. ¿Qué se supone que tengo que hacer ahora? ¿Actuar con naturalidad? Una nueva etiqueta, #mujer Pero… ¿qué mujer? ¿Una mujer, mujer? ¿Ahora qué me espera?
Según dijo un viejísimo doctor indio en The Guardian «que se te desintegre la pared interna del útero porque no estás gestando —que es lo que se supone que tendría que hacer una hembra—, no es para vanagloriarse; lo natural, no es tener el periodo, sino no tenerlo…». O algo así. Es que no he encontrado el link con la entrevista.
Otros dicen que si no tienes la regla, el problema es que no la tienes —tener la regla es la regla—, y si la tienes, ¿qué tienes que hacer?
Aquí todo el mundo opina. Yo me sigo preguntando a día de hoy, después de mucha sangre derramada, si soy mujer, mujer. Porque entre la biología y el género, me planteo si estaré dejando de llevar a cabo ciertos actos performativos, biológicos o sociales que hacen imposible que sea una mujer.
Y ya que estamos, no creo que tener la regla sea un vínculo cósmico-femenino que te conecta con el origen del universo. A pesar de que pueda parecer necesario biológicamente es, por encima de todo, un COÑAZO.
Llevo días preguntándome si hubiera actuado de otra forma en caso de haber tenido otra opción.
Yo fui lo último que vieron sus ojos, y aunque dudo que tenga esa imagen grabada donde quiera que él esté, de algo estoy seguro: yo no podré olvidar sus últimos segundos mientras viva. Dónde quiera que esté… ¡Cómo si no lo supiera! Lo tengo tan cerca, en cada pensamiento, en cada acción. No volverá a poner los pies junto a la cama al despertarse, ya nunca se lavará los dientes ni se quitará las legañas.
Fue su sangre lo que calentó mis dedos cuando le clavé el puñal en su abdomen. Lo hice con una dificultad reveladora de una materia y una densidad absolutamente terrenales y, hasta ese momento, completamente desconocidas para mí. Su fortaleza y mi debilidad me avergonzaron: «Debería ir al gimnasio más a menudo».
Seguramente no lo volveré a hacer, aunque no me siento especialmente mal al respecto. Tengo toda la vida por delante y no pienso desaprovecharla. Seré mejor persona, mejor marido, mejor amante. Ahora podré ser él.
Imagen destacada: The Fall (Tarsem, 2006) – Hace demasiado que no veo esa peli.
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¿Cómo sería tu relación ideal?
Me pregunto dónde se desarrollaría esa relación ideal, y no logro imaginar un lugar para ella. ¿Acaso existe?Supongo que me permito ser demasiado exigente, ¿y no debería? Cambiar mi wishlist no es una opción. Es precisamente ese repertorio de deseos el que enarbolo ante una ausencia —física, comunicativa o emocional—, cuando me siento rechazada y poca cosa; retahíla que me ayuda a mantenerme a flote durante un brevísimo periodo, y con la que me convenzo de que así estaré mejor. Esa lista —podría pasar por una receta de arroz con pollo— se queda en papel mojado cuando me percato de las muchas y diversas carencias que tengo para enfrentarme a una relación hoy en día.
¿Cómo era…? «[…] encontrarse manifiestamente en estados o situaciones transitorias que no responden a las exigencias físicas, psicológicas y/o sociales de los respectivos tipos de relaciones y de los otros implicados».
Cazar sin licencia.
A veces me da por protestar: será que me hago mayor, y no aguanto gilipolleces ya, aun a sabiendas de todo lo mío —o no mío. Pataleo y me rebelo contra lo que parece ser la to-do / checklist del personal en general: Hazte la tonta; omite esto y aquello; no muestres esta parte (hasta que sea demasiado tarde); domina la narrativa; invéntatelo, qué; cuánto, cómo (pero nunca «por qué»).
El paraíso no existe; una relación ideal, tampoco. Probablemente sea como un cofre escondido para el que tengo un mapa, uno que está tan lleno de cruces y marcas que es imposible descifrar dónde está enterrado el tesoro.
Tendré que conformarme con buscar mi espacio, y darme mimitos y caña a partes iguales.
(Ese tipo de caña daría para otra entrada, no es lo que parece a simple vista).
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¿Dónde han estado las palabras que pasan por mi boca?
. . .¿Hasta qué punto lo que digo es propio o prestado?
Si solo puedo definir mi mundo con las palabras que conozco, ¿me estaré perdiendo algo importante? Algo para lo que no tengo palabras aún.
¿En qué medida las palabras de otros me definen?
¿Qué voy a ser sin esas palabras? ¿Qué no seré?
Cómo hacerlo a partir de ahora sin nadie que me diga esa boca es mía… -
No éramos Joel y Idabel.
No bastaba con ir llorados de casa, no; ni siquiera podíamos decir que a veces lloramos (pero no se lo digas a nadie). Aunque lo hice, a base de bien, y sin derecho a réplica —a darte un tortazo porque habías visto que era exactamente lo que parecía ser*.
Ya no puedo recordar mi peso sostenido por ti, cuando descendíamos hacía el arroyo, y es como si nunca hubiera ocurrido.
No sé si quiero dejarlo todo atrás; me resisto a abandonar el jardín, porque allí podrías encontrarme, mientras yo me pierdo.
En un sendero nunca transitado, se pueden empezar las cosas de nuevo.
Pero no somos Joel y Idabel.Quiero ser la persona que no necesita ser otra persona para que a ti te interese, para que tú la quieras.
Puede que ya lo sea, aunque no pueda verlo.
Quiero ser la persona que no necesita otra oportunidad, porque la oportunidad se la da ella misma.
Porque me lo merezco.
(*) Si alguien pilla esta referencia, le doy un Sugus (no va a ser todo literatura americana fina).
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Hoy me ha sonado en la reproducción aleatoria la canción Welcome to the DCC, de Nothing But Thieves, unas siete veces. Eso me da que pensar. ¿Qué dice esta canción que debería atender? Repasando la letra, y aunque sea en efecto una canción sobre un lugar distópico, y sean precisamente esas mensaje lo que el régimen de turno quiera implantar a los habitantes de ese mundo de mierda, en definitiva, se trata de que puedes hacer que algo pase si crees en ello. Y esa teoría, o enfoque astrológico, es lo que justo acabo de descubrir en una web de mano de una chica que me ha fascinado (la chica, y la web). Sólo hace un par de días que di con ella, pero ese cambio de pensamiento, esa práctica mental, parece que, mágicamente, ha atraído a su vez un refuerzo de la propia teoría en forma de letra de canción, aunque, repito, en la canción sea una crítica de un posible lugar distópico (bueno, posible lugar distópico, más bien probable lugar conocido ya) en el que publicitan un lugar mejor a ese, un lugar al alcance de la mano, o más bien, de la mente. (Deconstruyendo porque me sale de ahí).




Ya que podemos pensar lo que nos dé la gana… Mientras intentamos salir de esta lo mejor que podemos, ¿qué hay de malo en pensar en que nos gustaría algo mejor y darle un poco de forma?
Me niego a pensar que esto sólo es un paseo por un río infesto en el que las únicas palabras que lo abarcan todo sean «The horror, the horror».
Más sobre el soñar y crear, en esta entrada anterior.
