Almas de mar y montaña

La calma que proporciona la montaña es única. Estás en medio de un estado de las cosas que no requiere nada más. Formas parte de él momentáneamente, te acoge, te deja ser.

Con el mar, me siento una invitada: siempre es el mar y yo. Es un disfrute momentáneo, prestado. Te dejo entrar, pero los dos sabemos que no es tu sitio.

Siguiendo el ritmo del avance de las olas, el consiguiente reflujo, el desvanecimiento espumoso… uno puede llegar a sentir un estado de calma. «No puedo parar esto que estoy viendo, así que voy a dejarme ir». Y sin embargo, bajo la superficie, se desarrolla una urgencia, una necesidad de llevar a cabo algún tipo de proceso: de limpieza, de sanación, de fortaleza. «Esto que estoy sintiendo, esto que algún día superaré, esta persona a la que tengo que olvidar…». Porque todo lo que viene, se va, y el mar es una manifestación cristalina de ello.

En la montaña, también las cosas vienen y se van, pero a un ritmo lento —a veces marcado por una mano humana—, al que te puedes acostumbrar, al que puedes acompañar y que, en principio, no te exige nada.

No es que esté hecha para sobrevivir en medio de la montaña, pero creo que podría hacerlo mucho mejor que en medio del mar: un medio ajeno, al que siempre he tenido respeto y nunca he querido dominar en forma alguna.


«Agua salada, alma limpia», rezaba una camiseta que vi en Algeciras. Como si no hubiera surfistas capullos por ahí.

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