Geografía e historias varias

Ya he narrado la versión para contar durante un paseo, una versión quizá más clínica, explicada en palabras de terapia. Esta es la versión karaoke: la que podría airear en plaza pública, a gritos, encendida y ufana.


Y pensar que yo quería dedicar un libro a esto. Lo hubiera llamado como el título de esta entrada. Para mí era algo íntimo. O algo parecido. Cuando comprendí que no le había gustado —una cosa es que eso te joda y otra respetar la negativa de la otra persona como alguien maduro— le puse un WhatsApp, bromeando sobre lo que no había podido ser: «Hubiéramos sido un buen tándem tú y yo, Geografía e historias varias», y creo que le hizo gracia de verdad (él estudió Geografía). Esto fue antes de otros tantos WhatsApps, de haber hablado de quedar con él como amigos y luego hiciera como si no hubiese pasado nada. Antes de desaparecer. Ahora, analizando aquella broma, me doy cuenta de lo poquísimo que me he querido y me he respectado a veces a mí misma. Porque esas historias no eran historias ficticias del blog, eran historias que yo le conté por encima sobre mi vida y mis circunstancias. Aún no había empezado a escribir. Parece que fue algo premonitorio. Y, en cualquier caso, con todos los kilómetros que llevo encima, bien podría adjudicarme la parte de Geografía. Y esto es algo en lo que acabo de caer por primera vez hoy, 22 de mayo de 2026.

¡Quiérete de una puta vez, Jimena!

Me obsesionaba la idea de cómo una persona puede influir tanto en alguien y a la vez no experimentar ningún cambio por ese encuentro en ella misma. Que un mismo hecho en el que están implicadas dos personas sea fundamental para una e insignificante para la otra se podría explicar con física, e incluso con filosofía. Pero a mí me cuesta.

Puede que alguien con más talento e inteligencia, y desde luego, más motivación y ganas, hubiera sacado algo de esto. Pero para mí esta historia ya no tiene la categoría de libro. Tendría que apasionarme. Y ahora se ha convertido en algo que empiezo a ver desde el retrovisor. Sólo llega para cubrir un puñado de entradas de blog.

El hecho de hacer todo esto público significa que ya no me importa tanto, que ha dejado de ser especial. Lo grito a los cuatro vientos para que lo reciba quien sea y que hagan con ello lo que quieran, que acabe por el suelo, mezclado con las colillas, los chicles y las cagadas de los pájaros. El hecho de soltarlo ahí fuera lo siento como algo potente.

Ya no te echo de menos. No quiero a gente así en mi vida. Que se entere todo el mundo.

Porque yo he dado las gracias en silencio a esta persona, muchas veces, por todos los cambios que he realizado, las mejoras, la fortaleza que he ganado, la madurez. Pero él no ha hecho nada, aparte de sugerirme ir a sitios sola. La terapeuta me dijo que esta persona no había sido importante, que sólo había ido una marioneta, un figurante que había sacudido todo mi estrés post-traumático por abandono previo. No lo reduciría a tan poco (ese hombre ha sido el primero que me gustaba como hombre, si hubiera sido el hombre que tendría que haber sido), pero desde luego yo he sobredimensionado su influencia sobre mí. Ese ascendente era facticio, aunque las consecuencias han sido palpables.

Hay personas incapaces de decir no a otra persona. Decir que no a otra persona es respetarla, es tratarla otorgándola la madurez que muy probablemente tenga. Lo contrario es tratarla como si fuera gilipollas. Es también ahorrarse tener que pensar y sentir un poco de más: en otra palabras, es vivir en la superficie. Y eso no lo quiero.

Ahora tengo claro que no me interesa tener en mi vida a alguien que no es capaz de meterse un poco adentro. De hecho, quiero a alguien que se meta bien adentro, y si no, al menos que respete que yo lo haga, decline con sensatez y no desaparezca sin mediar palabra.