¿Cómo matar al padre cuando lo más parecido que has tenido a un padre es un espectro? Una presencia que te acecha murmurante en el bar, que te mira con descaro a la salida de misa, sólo porque eres una prueba incontestable; pero no entiendes —o no quieres entender— de letras escarlatas, esas que te pintan en tu cara y tus gestos, herencia de tu familia paterna. ¿Contra quién blandir el puño? No puedes acabar con alguien que no está. Guardas esas ganas para lo que queda.
Queda la ausencia. Queda la vergüenza. Queda el diván.
Y te guardas algunas ganas para quien queda —demasiado tarde, demasiado todo: cada «no», una batalla—.
Aun así, durante aquellos veranos en el pueblo, algo me decía que tenía derecho a estar allí. Era consciente de mi capacidad para disfrutar —de mí misma, en definitiva—. Y lo hice.
Las tardes eran mi dominio. Empezaban con el agua de fregar la cocina después de comer, evaporándose en las losas de cemento a la sombra, calientes tras horas abrasadoras. Dejaba un olor a calor fresco y a oportunidades.
Soberana de un minúsculo reino contemplaba sobre un corcel de dos ruedas, no con los ojos sino con la memoria, mis dominios que se extendían hasta el infinito —en aquellos meses consistían en el pueblo entero y el día siguiente (o todo el tiempo del mundo)—. El sol, cómplice de mis planes, iba derrochando luz y calor, más sobriamente con cada hora que pasaba, para acabar regalándome lo mejor de día: el crepúsculo. De vez en cuando, una tormenta y sus minutos previos de bochorno y osadía. «Aún no empezará, aguanta un poquito más…»
Lo que más añoro de aquellos veranos es la sensación de seguridad. Quizá ese vapor de agua que ascendía a través de las losas —como si en vez de una niña hubiera sido una sacerdotisa del Oráculo de Delfos— podría haberme revelado algún misterio, mostrado el camino correcto, asegurado que, después de todo, las cosas irían bien.
No se puede pedir tanto a la infancia de uno. Desde la gratitud hacia ella, intento disfrutar de una adultez con grietas, por las que me cuelo de vez en cuando, y me esfuerzo en imaginar un futuro con nuevos lugares, olores, y un Sol que pueda volvera ver una mañana cualquiera.
Ya he narrado la versión para contar durante un paseo, una versión quizá más clínica, explicada en palabras de terapia. Esta es la versión karaoke: la que podría airear en plaza pública, a gritos, encendida y ufana.
Y pensar que yo quería dedicar un libro a esto. Lo hubiera llamado como el título de esta entrada. Para mí era algo íntimo. O algo parecido. Cuando comprendí que no le había gustado —una cosa es que eso te joda y otra respetar la negativa de la otra persona como alguien maduro— le puse un WhatsApp, bromeando sobre lo que no había podido ser: «Hubiéramos sido un buen tándem tú y yo, Geografía e historias varias», y creo que le hizo gracia de verdad (él estudió Geografía). Esto fue antes de otros tantos WhatsApps, de haber hablado de quedar con él como amigos y luego hiciera como si no hubiese pasado nada. Antes de desaparecer. Ahora, analizando aquella broma, me doy cuenta de lo poquísimo que me he querido y me he respectado a veces a mí misma. Porque esas historias no eran historias ficticias del blog, eran historias que yo le conté por encima sobre mi vida y mis circunstancias. Aún no había empezado a escribir. Parece que fue algo premonitorio. Y, en cualquier caso, con todos los kilómetros que llevo encima, bien podría adjudicarme la parte de Geografía. Y esto es algo en lo que acabo de caer por primera vez hoy, 22 de mayo de 2026.
¡Quiérete de una puta vez, Jimena!
Me obsesionaba la idea de cómo una persona puede influir tanto en alguien y a la vez no experimentar ningún cambio por ese encuentro en ella misma. Que un mismo hecho en el que están implicadas dos personas sea fundamental para una e insignificante para la otra se podría explicar con física, e incluso con filosofía. Pero a mí me cuesta.
Puede que alguien con más talento e inteligencia, y desde luego, más motivación y ganas, hubiera sacado algo de esto. Pero para mí esta historia ya no tiene la categoría de libro. Tendría que apasionarme. Y ahora se ha convertido en algo que empiezo a ver desde el retrovisor. Sólo llega para cubrir un puñado de entradas de blog.
El hecho de hacer todo esto público significa que ya no me importa tanto, que ha dejado de ser especial. Lo grito a los cuatro vientos para que lo reciba quien sea y que hagan con ello lo que quieran, que acabe por el suelo, mezclado con las colillas, los chicles y las cagadas de los pájaros. El hecho de soltarlo ahí fuera lo siento como algo potente.
Ya no te echo de menos. No quiero a gente así en mi vida. Que se entere todo el mundo.
Porque yo he dado las gracias en silencio a esta persona, muchas veces, por todos los cambios que he realizado, las mejoras, la fortaleza que he ganado, la madurez. Pero él no ha hecho nada, aparte de sugerirme ir a sitios sola. La terapeuta me dijo que esta persona no había sido importante, que sólo había ido una marioneta, un figurante que había sacudido todo mi estrés post-traumático por abandono previo. No lo reduciría a tan poco (ese hombre ha sido el primero que me gustaba como hombre, si hubiera sido el hombre que tendría que haber sido), pero desde luego yo he sobredimensionado su influencia sobre mí. Ese ascendente era facticio, aunque las consecuencias han sido palpables.
Hay personas incapaces de decir no a otra persona. Decir que no a otra persona es respetarla, es tratarla otorgándola la madurez que muy probablemente tenga. Lo contrario es tratarla como si fuera gilipollas. Es también ahorrarse tener que pensar y sentir un poco de más: en otra palabras, es vivir en la superficie. Y eso no lo quiero.
Ahora tengo claro que no me interesa tener en mi vida a alguien que no es capaz de meterse un poco adentro. De hecho, quiero a alguien que se meta bien adentro, y si no, al menos que respete que yo lo haga, decline con sensatez y no desaparezca sin mediar palabra.
Nada de esto hubiera pasado si ese día nos hubiéramos ido al faro y nos hubiéramos quedado por el camino. No en plan caída-del-coche-por-el-acantilado-al-atardecer, que alguna posibilidad había, puesto que para llegar allí hay que pasar por una carretera sinuosa con vistas imponentes, sino porque un kilómetro antes hay un paso-puente sobre un cañada de un solo carril y sin apenas visibilidad, y nos podíamos haber pegado un carajazo contra otro coche, pero sin que luego de allí saliera una amistad reforzada como les ha pasado a Supersubmarina (en mi caso, si me jodo en un coche, no habría amistad verdadera de esas que venden libros). Yo, en cualquier caso, hubiera preferido un tórrido romance*.
Por supuesto, al Faro Punta Carnero, ese sitio que comentó que era muy bonito y que puso sobre el mapa —tipo «Podríamos haber ido allí si lo hubiéramos pensado antes», y que se acabó convirtiendo en otra idea de sitios a los que ir sola: debo parecer bastante autosuficiente— acabé yendo yo sola, cuatro o cinco veces, jugándomela por el camino. Estoy muy orgullosa de mí misma porque hasta entonces solo había cogido el coche en Algeciras para lo imprescindible**, y desde aquella cita empecé a moverme un poco, por gusto, para explorar y hacer cosas que me apetecían.
-*- ¿Cómo en Sexo, mentiras y cintas de video? Soy algo más standard en ese sentido.
-**- Cambiar los neumáticos porque tenía que pasar la ITV en breve, que vaya espanto llegar al sitio de la ITV. Por cierto, por culpa de la pegatina de la ITV volví a verle en la calle, como si no hubiera gente y metros cuadrados y segundos en el día. Pero ya no duele. Más bien es una anécdota que me ha ayudado a darme cuenta del tipo de hombre que quiero a mi lado: ese que no saldría corriendo porque te ve con unas pintas de mierda y después de haberte pegado una llorera. No es que saliera corriendo. Realmente lo que recuerdo es la dosis de refuerzo de tendrás-que-seguir-yendo-sola-a-los sitios. Llega un momento en que una se cansa de tener que estar seduciendo todo el rato y de todas las maneras posibles. Y como no necesito a nadie que me lleve a los sitios, pues en eso voy a poner mi energía, aunque a veces me gustaría ir acompañada, pero bueno, qué más da. Tampoco es para tanto, ¿no?
Llevo varios días queriendo meterle mano al blog pero me ha sido imposible por un motivo fundamental: ya no estoy sola. La re-adaptación a la convivencia está siendo como esperaba: difícil. Intento inventarme la paciencia, estoy cambiando mis planes y postergando, aunque me joda, lo que quiero hacer, incluido comer: hoy, después de dos días por fin parece que he recuperado un poco el ritmo. Después de hacer tetris con las circunstancias, las broncas, los ruidos, la falta de sueño, la negociación continua, los nervios, intentar relajarme ordenando o limpiando, paseos y conversaciones telefónicas, el levante, la ola de la calor, los putos mareos (cosas raras que me pasan que se pueden resumir en: manifestación psicosomática de toda la mierda que llevo encima/PTS, con un toque de origen físico indeterminado, aunque está por la zona del diafragma, y que me amargan la existencia), los ejercicios de los ojos, y la micro-siesta que me he echado, estoy por fin delante de la pantalla.
Tengo el dorso de un ticket del supermercado del barrio (es blanco, en papel sin satinar) lleno de palabras clave de lo que irán los posts que voy a escribir. Habrá un aluvión de Jimena en los próximos días.
El jueves pasado tuve la primera sesión con una nueva terapeuta y astróloga que llevaba siguiendo en YouTube ya meses. Me hizo un favor manteniendo la consulta, puesto que la hora que había salido libre había sido un error, pero como soy habitual del canal, miembro premium, y un poco la niña bonita de los comentarios (no puedo evitarlo, me hago querer, y puedo ser una gran seductora), me hizo el favor de pasar consulta. Ahora es difícil encontrar horas porque está pasando por una situación médica delicada. Sabía que sería muy bueno poder tener la sesión antes de la llegada, para así poder digerir a solas durante unos días la sesión. No me equivoqué. (En cualquier caso tuve una movida por teléfono pre-llegada, pero bueno, pude disfrutar durante unos días). Dejo a un lado el tema «pantalla final (la mamma)» —se intuye cómo va la cosa—. Me voy a centrar en el otro tema que quería tratar en la consulta: uno de los protagonistas de mis desvelos, y de muchos de los posts de este blog.
Habemus milagro.
Isabel enfocó el asunto de la única manera que se podía enfocar, diciendo las palabras que yo necesitaba para quitarme de encima la culpa que he arrastrado durante más de año y medio, y que se pueden resumir en lo siguiente: «Tú no has hecho nada malo. Te has expresado, has sido creativa, tú puedes subir lo que te salga de ahí a tus estados de WhatsApp o donde te dé la gana. Si establecéis algo, y la otra persona desaparece sin decir palabra, es él quien no ha sido responsable a nivel relacional. Es su problema, no el tuyo».
En los dos o tres días posteriores —aún ahora, aunque menos, debido a ya se sabe qué—, experimenté unos momentos de relajación que había olvidado cómo eran: esos en los que el cielo es más nítido, los colores más vivos, el aire huele mejor, y puedes escuchar/bailar Motivation de Kelly Rowland como si fueras negra, bitch. Vuelves a experimentar el mundo como si formaras parte de él, y no como si te estuviera ahogando, aunque sea momentáneamente.
Al día siguiente le borré del WhatsApp, aunque aún no el número. ¿Cómo es posible? Cambiando el prefijo de país. Yo al principio lo hice a mi manera, poniendo un 0 antes del número, pero la cosa se lio y acabé aprendiéndome el número de memoria con el rabillo del ojo (tengo un poco de memoria fotográfica). Solo hay que seleccionar el prefijo de otro país del desplegable, y ya desparece del WhatsApp. No pierdes el número, te evitas la desagradable ocasión de llamar o enviar mensajes sin querer, y dejas de ver su cara en la lista de contactos. Ayer borré el número definitivamente —note el móvil más ligero—, y me percaté de que el número que yo recordaba era el mismo excepto por una cifra. En fin, no sé. En cualquier caso, creo que hace mucho mucho tiempo hice un pantallazo del contacto… ¡Y qué más da! No voy a volver a tener ese número en mis contactos. [Imprescindible: realizar todas estas operaciones en «modo avión». Durante el proceso, pulsé el botón de llamada. A pesar de que ya había cambiado el prefijo y estaba en modo avión, el susto me lo llevé igual.]
El hecho de borrarlo de WhatsApp fue liberador. Durante todo este tiempo había mantenido una especie de cordón umbilical con su recuerdo —porque, quién sabe si él era consciente de nada de esto— a través de mis fotos de perfil. Ellas eran genuinas y representativas, pero estaban siendo prostituidas, se les hacía ser otra cosa, algo más. Esas fotos eran las visiones de una mujer que, yendo de un sitio a otro, probaba que había seguido en la vida. Tras la catarsis, nuevos pensamientos de gratitud, amor y cuidado hacia mí misma me gritaron que él no tiene derecho a saber si estoy en la playa o en la montaña, ni nada de nada. Y esto no alcanza a expresar el enojo que he sentido tras la redención —de eso hablaré en otra entrada—. No ha sido una rabia que corrompe, sino un pataleo que libera.
Había una razón para no borrarlo del todo, la famosa Ley de Murphy: basta con que creas que te has librado de alguien para que aparezca en tu vida de nuevo. Tener el número era mi seguro anti-contacto. De todas formas, ¿alguien piensa que va a escribir después de tanto tiempo? ¿Cómo lo enfocaría? No tiene sentido. No tiene recorrido. Y menos mal.
Me he levantado tarde porque he estado tres días sin dormir y hoy, por fin, he podido recuperar el sueño y he estado 12 horas durmiendo.
Hoy me tocaba lavarme el pelo, pero he decidido ir a la pescadería antes de ducharme porque si esperaba más era probable que no encontrase pescado, y aún así no lo tenía claro: me lo he tomado como una pequeña aventura.
He rescatado una camiseta del cesto de ropa sucia, sudadera también sucia, pantalones (estos sí estaban bien), y he cogido mi abrigo de entretiempo de cuadros. En el último momento me he puesto unos buenos morros rosas, por aquello de disimular el pelo sucio, las bolsas de haber dormido demasiado, y restos de la Feline de HR que estrené ayer. Llevaba detrás de esa máscara años —esperaba a tener algo que celebrar; he llegado a la conclusión de que si espero a tener algo que celebrar, se me irá la vida—.
Hoy en la pescadería estaba atendiendo también el hijo de las pescadera. Yo había sido ya informada de que las pescadera tenía un hijo, y de que no estaba mal —aunque la persona que me lo había dicho y yo no tenemos los gustos muy parecidos—. Cuando he atravesado la cortinilla de tiras de plástico me he dicho: «¡Cómo no!» Sospechaba que podría estar: nunca había ido un miércoles a comprar pescado, que es probablemente el día que suele ir él.
El chico es bastante mono: bonitos ojos y con cara muy simpática, muy de aquí: un buen ejemplar dentro del fenotipo*. Aunque no es mi tipo. Él no me ha quitado los ojos de encima, excepto para abrir la lubina. Aún así, el ambiente era cordial. Yo estaba muy normal, pero sabía que estaba ocurriendo algo que no era normal del todo. Y he cometido un error: no hacer ningún comentario respecto a su presencia. Normalmente, yo hablo con la pescadera—un día tenía tiburón de la Bahía de Algeciras, ni yendo a la pescadería me libro de aquellas coordenadas—. Lo lógico hubiera sido decir algo. Yo estaba completando la misión de ver al hijo de la pescadera, perfeccionando ese momento en mi mente, o más bien, dándolo por zanjado. En un momento dado, la pescadera ha salido para sacar cajas vacías y cuando ha vuelto ha dicho: «A ver si llega ya la primavera en serio» (hoy hace un viento racheado de mil demonios), yo creo que por quitar un poco de tensión al ambiente. Y yo he respondido: «Es verdad, ayer incluso hacía viendo del Norte». ¡¿Quién dice eso!? Y sí, ayer hacía frío.
Me he dado la vuelta después de haber dado las gracias y haber sido educada, pero no encantadora: he atravesado la cortina de tiras tan campante, tan en plan la calle es mía (es que ese abrigo es muy de la calle es mía, aunque tampoco necesito ese abrigo para ir por la calle así), tan feliz con mi botín de lubina y bacalao. No sé que habrá pasado cuando me he ido. ¿Le habrá dicho la madre que se le ha notado un poquito? ¿Se habrá molestado porque no he hecho ninguna mención a su hijo? Con suerte, ¿me habrá disculpado por pensar que quizá me he sentido un poco abrumada? No me he sentido abrumada, pero quizá un poco incómoda porque si no, hubiera hecho algún comentario. Tampoco estaba cómoda porque era muy consciente de mi pelo sucio. O quizá no lo he hecho porque el muchacho no me ha gustado y me he llevado otra micro-decepción al tener que tachar de una lista imaginaria a un tío con el que, en realidad, tampoco hubiera tenido nada que hacer.
No se puede ir así por la vida, como si lo que te pasa solo te pasara a ti: como si ese momento es solo tuyo y estás tú solo ahí. Podría justificarme diciendo que soy tímida, y es posible que haya habido algo de eso, pero no ha sido solo eso. Una persona madura, por una parte, y una persona que tiene claras las convecciones sociales, por otra, hubiera dicho algo. ¿Si me hubiera sentido más segura con mi aspecto hubiera dicho algo? No sé.
No es la primera vez que veo a tíos of interest yendo con pintas. Aún no me he recuperado de aquella post-llorera por tener las tetas pequeñas y creer que mi vida había sido un desastre por ello, salir a la calle con ojos de panda y el pelo sucio… y encontrarme con Julio. Para qué me lo iba a lavar si iba al gimnasio (no volví a ir gimnasio con el pelo sucio – FULL STORY here).
Pero es que no quería quedarme sin pescado.
Bien es verdad que no me es complicado encontrar asuntos con lo que martirizarme. Lo único que puedo hacer es intentar arreglarlo el próximo día, ir más temprano… y con el pelo limpio.
^ Sabía que quería usar esa palabra pero no me salía. He tenido que buscarla en Google AI. La recordaba de un chat que tuve con Julio, y me extraña que se me haya olvidado porque dio lugar a la primera grieta que noté por dentro, una de mis primeras cagadas. Supongo que ha sido mi mente que, por una vez, rema a mi favor, pero yo he decidido quitarle los remos.
Suspendí Química en Selectividad, y me metí en Química el primer año de universidad (duré un cuatrimestre).
El único profesor que me ha castigado fue el de inglés en el colegio (injustificadamente, por supuesto), y me hice filóloga inglesa.
Casi me muero en un incendio, y ahora estoy estudiando la química del fuego y todo lo relacionado con su extinción y otras técnicas de prevención de riesgos.
Ahora, cada vez que salgo a la calle, detecto de dónde viene el aire. Eso viene por aqueix… Y normalmente es poniente, para más inri.
Encima salió TWIN PEAKS a colación. Los leños * me hicieron mencionar al enano… Lo que significa que cada vez que pienso en la serie… Hace poco me atreví a verla de nuevo. Es curioso observar cómo se ven las mismas cosas años después… solo que ahora tiene un recuerdo asociado que antes no tenía.
Joder.
* El resumen es que desperdicié una buena oportunidad por pasarme de prudente—aunque hubiera sido una sugerencia de una sugerencia—. Lo dicho, «retrasada».
No sé cuándo voy a apagar el móvil sin procrastinar. Siempre pienso que por un guiño mágico, desde una dimensión en la que seguramente habite mi ángel de la guarda, al que estoy muy agradecida, puede que te dé por ponerme un WhatsApp a esas horas en las que solíamos escribirnos. Ufff, esa perífrasis la he usado muy libremente. Qué curioso que diferentes personas usamos las mismas palabras para explicar la misma situación de forma diferente, los mismos fonemas… Es lo mismo, pero no es lo mismo.
Como soy social-life free y professional-life free, me puedo permitir apagar el móvil pronto, pero esa posibilidad inventada diaria me deja lingering… from what could be, and never is. A veces se me olvida que no lo he apagado y se queda toda la noche encendido.
Muchas de las cosas que hago a diario, ya sean grandes —más bien medianas—o pequeñas, las pongo bajo el cristal de lo que tú considerarías bueno. ¿Le gustaría? ¿Estaría orgulloso de mí? ¿Este hecho hubiera hecho que las cosas hubieran sido diferentes? ¿Y si hubiera esperado a haber hecho esto o aquello antes de acercarme a él? Es como estar bajo la atenta mirada de unos ojos que en realidad ni siquiera quieren mirarme. Critico cada fracaso bajo el yugo invisible de lo que pudieras pensar, si pensaras en mí.
Porque ya ha pasado mucho tiempo, mucho… Ahora ni siquiera un día nublado podría hacer que mi recuerdo te acosase. En caso de que muy de vez en cuando lo haga, espero que no se te quede una mueca de disgusto, sino incluso de algo casi parecido al cariño. ¿Pero de qué coño estoy hablando? WHAT!? Cuando me permito tener ese tipo de pensamientos, ¿estoy siendo generosa conmigo misma, me estoy dando algo de consuelo… o me estoy hundiendo más en la miseria? Me decanto por lo primero. Las guerras se ganas batalla a batalla, o sea: día a día.
Hice todo lo posible. Por meter la pata y por solucionarlo y por volver a estropearlo. Eché el resto. Fui lo más ingeniosa que pude. Hasta llegué a pedirte una revisión de examen —literalmente—. Tardé horas en escuchar la respuesta a esa petición. Y me la concediste, al menos en principio. Quizá no quise leer entre líneas aquel audio que me catapultó a donde nunca había llegado en mi vida (sin contar YesAsia, Ayumi, y toda aquella Story) para luego hacer el recorrido en sentido contrario. Estuve mucho tiempo en la puerta del despacho esperándote. Y ya no reclamé una décima más. Desistí. Lo dejé pasar.
Yo: «Atención: si vienes, hay obras» (Prosaico, pero real). Tú: «Gracias por la información 😉»
😉 , el emoji para nadar y guardar a ropa.
Por una casualidad de la vida tienes dos nombres. Después de días, semanas, lo que dio para horas y horas contando lo sucedido [suceso principal: la cita en la que más he metido la pata en mi vida; sucesos posteriores: encontrarte de casualidad un mes después en la calle después de haber estado llorando lo más grande porque estaba convencida de que mi vida había sido una mierda debido a la errónea decisión de no seguir adelante con la operación de pecho hace 20 años – ESAS COSAS PASAN, que vas al gimnasio echa una mierda después de un bajón tremendo y ZASCA, te encuentras al que crees que habría sido el hombre de tu vida, Y ENCIMA ESTABAS GUAPÍSIMO, seguro que habías follado); pedirte quedar otra vez y sí, pero no, etc…], después de muchas lágrimas y risas (porque a veces, recordando el suceso, era imposible no reírse preguntándome cómo cojones pude llegar a decir ciertas cosas el día que quedamos), debido a su memoria selectiva, mi señora madre había olvidado tu nombre (tampoco es que le reproche este olvido). Intentando recordar propuso el nombre de Julio. «No, no se llama Julio, pero gracias, ¡GRACIAS!». Porque al retirar tu nombre real de nuestras conversaciones, tu imagen se diluía ya no solo por el paso del tiempo, y tu poder sobre mí empezaría a perder algo de fuerza.
Pero Julio tardó en aparecer. Al principio, y como el universo tiene mucha retranca, estuve semanas expuesta a tu verdadero nombre, al que reaccionaba como un resorte. Afortunadamente, ha dejado de asaltarme, pero tal y como explico aquí, estás sobre mí (como una sombra o los ojos del oculista de Gatsby). Se acaba de cumplir un añito y medio de aquel día, y aún puedo experimentarlo, avergonzarme, emocionarme y arrepentirme como si hubiera sucedido ayer.
Hace un par de meses, hablando con la señora, me justificaba, explicando que todavía te tenía muy presente y te ponía de excusa: «Es que con lo de Julio…». Su respuesta hizo que estalláramos en carcajadas: «Sí, con lo de Julio, y Agosto, y Septiembre…» Porque sí, esto está durando más de lo que pensaba, y ha tenido más impacto de lo que hubiera imaginado. Recuerdo perfectamente que por unas horas o un par de días te había dado por perdido sin ningún aspaviento. No ha cuajado. Vale. Pasando. ¿Por qué volviste a aparecer para ponerlo todo patas arriba?
Intuía que algo fuerte estaba ocurriendo. Días antes de vernos acabé llorando en casa pensando en el desenlace de una historia imaginaria, de esas que no son realmente historias, sino «el devenir de mi vida» (!) que se sucedía en mi pensamiento con una naturalidad apabullante. Es lo que tiene Francia: todo está permitido, es más natural y queda mejor. Más que la historia, lo que recuerdo es la intensa emoción que me provocó el llanto, eso que mi personaje había acabado sintiendo en aquella comida imaginaria. Cuando me he planteado reproducirla, no logro acceder a aquella emoción, como si se interpusiese una hoja de papel carbón gastado entre aquel momento tan vívido y el presente.
Y no, no se me pasa. Da igual donde vaya. Eso de que cambiar de aires es bueno para superar u olvidar es una falacia. Como dice Proust en Por el camino de Swann, «en los lugares nuevos en que las sensaciones no están amortiguadas por la costumbre reanimamos, fortalecemos un dolor».
No soy digna de ser tu novia (ni nada de nada, al parecer) pero un audio tuyo bastará para sanarme.
¿Soy una bandera roja andante? No creo.
Tengo muchísimas cosas buenas, y además, ahora que no me lee nadie, creo que el sexo se ha perdido algo grande conmigo. Sé que con un poquitín de práctica, hacer el amor conmigo hubiera llegado a ser una puñetera obra de arte. (Virgo ascendente Sagitario, no digo más…).
P.D.: Lo nuestro no ha llegado ni a un polvo vacío. La posibilidad de que aún pudiera ocurrir es otro lingering…
P.P.D.: Mientras tanto, en los comentarios… Jimena haciendo coaching… Joder… ¿Cuándo me aplicaré el cuento?
P.P.P.D.: Hubo algo energético oscuro en todo aquello. Se me olvida que esa casa no estaba limpia. Estoy convencida. Sé algo de casas. Quiero decir que seguramente no toda la culpa fue mía. Y tampoco conviene por ahí que yo esté bien: «Demasiado brillo».
Nota: los nombres de los días de la semana y los meses del año comienzan por minúscula. He optado por la mayúscula porque en la historia hacen las veces de nombres propios.
SPOILER: No os perdáis una próxima entrada que es la cara B «Me río por no llorar» de esta que habéis leído.
El domingo pasado me levanté a las 5. Terminé de bajar todas las cosas al coche, con la suerte de que ya no estaba lloviendo y pude hacerlo tranquilamente. Me encantan las ciudades un domingo a esas horas. Están limpias, vacías, son la promesa de…
The city seen from the Queensboro Bridge is always the city seen for the first time, in its first wild promise of all the mystery and beauty in the world.
No sé yo si alguien que llega al puerto de Algeciras en barco tiene esta sensación… Jajajaja… Lo digo porque yo vivía por esa zona, y mi coche estaba en frente del puerto, en el Llano Amarillo —creo que ya he mencionado este parking público, un sitio en el que me han sucedido… cosas extrañas pero bien. Por cierto, resulta que compré una camiseta con esa cita de la novela, y yo ¡¡¡sin saberlo!!! Los diseños de las camisetas pueden ser lo más random del mundo. Aunque en este caso iba a colación, solo que estaba oculto…
Bueno, como yo no soy F. Scott Fitzgerald, queescribió cosas como «Ninguno de nosotros podía ignorar el apremio estridente y metálico del quinto comensal», os tendréis que conformar con lo que hay. También podéis leer El gran Gatsby. Qué novelón, joder 💛
Cuando terminé de bajar todo, me grabé dejando la habitación de alquiler —porque el casero estaba missing in action desde hacía semanas. Me fui, por fin, de un piso en el no pude ducharme en los dos meses que estuve allí. Lo hice un par de veces, pero meter los pies en agua a temperatura de infusión que se ha quedado fría en un baño-cueva tiene sus consecuencias. Tener que ir al gimnasio (al que pensabas apuntarte) a ducharse es un fastidio. Como ha llovido lo más grande, muchos días tenía que claudicar y lavarme en casa por partes, porque no podía volver a casa echa una sopa. Quero pensar que lo poco que entrené durante ese tiempo me ha servido para reforzar y mantener mi estructura, que ha sufrido un percance…
Me largué del puto piso, eché gasolina de la barata y cogí carretera y manta.
A día de hoy el casero sigue vacilándome respecto a la fianza. Ojalá pudiera publicar el audio que me ha enviado. Un sick de mierda, es lo que es.
Podría contar mucho sobre lo que me ha supuesto estar compartiendo piso, en ese y en el anterior. He llegado a una conclusión que se resume en una palabra: CARAVANA. Ya sé lo que es estar sin ducharme en condiciones, así que estoy preparada para la vida en un espacio reducido y con pocas comodidades. En cambio, no tendría que aguantar olores corporales o de otras clases ni que me tocasen los cojones de tantísimas maneras.
Me jode muchísimo haber compartido cosas muy importantes para mí con gentuza, lugares clave que han sido manchados, y haber perdido oportunidades por pensar en los demás… ¡con una compensación de mierda! No es que yo espere nada, pero que encima te hagan putadas, y gordas, NO.
Estos meses me he dado cuenta de que no me gusta la gente. Después de semejante afirmación, no me creeríais si os digo que, por defecto, yo pienso en los demás, y procuro su bienestar. Pero es así. El problema es que ahí fuera no funciona de la misma manera. Además, me cuesta muchísimo encontrar a gente que esté a mi altura. Total, que a la mitad de los 40 me he dado cuenta de que no soporto al personal, que estoy harta de tanto gilipollas y de sus putas mediocridades. Que se acabó. Me sobra el 99% de la gente.
Ha pasado una semana. Este lunes por la mañana me caí en la nueva casa, en la que va a ser la casa familiar a partir de ahora: buen comienzo. La caída podía haber sido mucho peor, así que estoy agradecida. Lo voy llevando bien, aunque con molestias y muy lentamente. Espero no tener que acudir a fisioterapia porque este es un pueblo muy pequeño y tendría que ir en coche a no sé dónde. Veré cómo evoluciona la cosa. Más allá del pronóstico y el tratamiento, aquí ha habido cosas raras, llamémoslas energéticas: otra de la razones por las que no voy a compartir mi vida con nadie extraño a partir de ahora. Ya me enfrento yo a movidas a diario como para encima lidiar con cositas raras de gente del trópico. NO.
Esta caída ha trastocado bastante mi primera semana en esta casa, que además la he disfrutado a solas (hoy se me acaba el chollo). Soy una persona muy activa, y estar en este estado me coarta. Hay muchas cosas que hacer, y no he podido llegar a todo… teniendo además que gestionar—lo que lleva tiempo y esfuerzo—pérdidas de agua y goteras, para evitar otras caídas. Al menos ayer no llovió y estuve más libre en ese aspecto. A pesar de todo, he podido disfrutar de varios momentos, incluso de grabarme cantando copla, el mismo día de la caída, por la tarde-noche. (¡Qué coño tiene la niña! 💛)
¿Cómo será la nueva semana? ¿Qué tendré que contar el próximo domingo? De hecho, ¿llegaré al próximo domingo?
Hoy comparto un montón de cosas random que se me han ocurrido recientemente, y otras que quería comentar desde hace tiempo.
La entrada Senseien realidad acababa con esta frase de abajo, pero me faltó valentía para publicarlo entonces. Dicen que todo aquel capullo que te jode en mayor o menor medida, es un maestro, y yo, que soy una esponjita… [s̠] Pero a veces, hay que decir…
Hay lecciones innecesarias y maestros que no están a mi altura.
Os confieso que lo mío va por quinquenios: me cuelo de un tío cada 5-10 años aproximadamente. De este último no llega al añito y medio, y qué meses, y qué hombre… Así que no sé cómo ni cuándo acabará la cosa, al menos, en esta parte de charco —con eso quero decir, en mi caso. En el suyo… me sorprendería que se acordara de mi nombre, aunque tengo cierta sospecha de que sí, pero no quiero pensar que son mis ganas… Es complicado en este asunto separar mis instintos cada vez más desarrollados con el enchochamiento.
Es difícil dejar de querer a alguien que no conoces realmente.
Esa frase es de Cosas que nunca te dije, de Isabel Coixet [x]. Me encantó. Descubrí un perfil de Lili Taylor que no conocía. Y coño, qué bien le sentaron los años al McCarthy. Confieso que soy del #teamcrianza
Entradas recomendadas de la semana ~o algo así~
He creado en exclusiva este icono para Gotham, que escribí hace bastante. La magnífica entrada de CatBallou me la ha recordado… En la entrada de Sheila, el coño está de prestado por interés, pero quería recomendarla, y punto 😏
Mis entradas más populares de la semana ~o algo así~
Algo interesante con lo que me tope estando aún en Algeciras (esta semana no he estado para andar de researcher online)
Las voces puta y puto y sus equivalentes en otras lenguas han sido objeto de estudio en trabajos sobre tabú, en tanto que pertenecen al ámbito de la sexualidad y esta, como dijimos, es uno de los ejes semántico-cultural que genera mayor interdicción en todas las lenguas del mundo. Además del sexo, la muerte, la enfermedad, la divinidad y religión, las secreciones del cuerpo, la limpieza y la suciedad, el parentesco, los alimentos, el fenotipo y el comportamiento social asociado a habilidades cognitivas del ser humano son los diez espacios culturales y cognitivos que alimentan el tabú en la mayoría de las lenguas. [LINK]
Con comentarios así, da gusto estar en WordPress…
Querida Jime, pues si estás ahí, en ese punto, sabemos que duele, pero si es consuelo: solo la gente valiente, que se ama a si misma elige pasar el fuego rumbo a ser más su esencia y estar más conectada. Totalmente al revés del modo en que se vive hoy en día: disociado. Tomate tu tiempo para escribir si lo deseas, no me debes nada, aunque confieso que tus correos son bellísimos. Te mando un gran abrazo.
El aspecto del correo electrónico ofrecido por yahoo! ha cambiado radicalmente. Tengo una cuenta de yahoo desde hace más de 20 años, y su diseño no había cambiado sustancialmente: el mismo look cuasi-noventero que funcionaba, y al que no le echaba mucha cuenta porque era la cuenta «B» para esas cosas que no son importantes. Aunque molaba poder cambiar de vez en cuando el fondo (cada 4 meses, cuando sentía que algo había cambiado dentro de mí), y eso que solo se podía elegir entre menos de 10.
Hace unos meses estuve haciendo limpieza en la bandeja de entrada: pasé de 7000 correos a menos de 3000. Eso es mucho borrar (utilicé varios filtros) y mucho revisar. Sin querer se convirtió en un repaso a mi vida: a mis intentos y fracasos de trabajo, de salud, de gente, de cambios de vida… Ya no estaban los correos de alguien que conocí en Adopta un Tío. Aún recuerdo cómo las hacker-hadas me estaban advirtiendo que no siguiera adelante, pero entonces yo no seguía sus señales ni mis instintos como ahora. Uno con el que me escribí durante bastante tiempo, (luego llegó WhatsApp) y cuya historia —que ha durado 10 años, con largos intervalos— ha desaparecido finalmente hace tres meses, tras una decepción de campeonato, que me ha recordado que cuando uno está jodido, es mejor tirar de pastillas, de vino, o, la mejor opción, de uno mismo.
Ahora yahoo!mail es más limpio, más blanco, más elegante, más redondo; en otras palabras: más google, solo que sin colorines. Estoy contenta con el cambio, me gusta.
P.P.D: Si queréis saber más sobre la creación de yahoo, o al menos, una versión de la historia, echadle un ojo a la serie HALT AND CATCH FIRE. Yo la disfruté mucho… Aunque a mí me cuesta poco disfrutar de Lee Pace ;)
P.P.P.D.: Yo también siento que estoy cambiado de look…