As de soles

¿Cómo matar al padre cuando lo más parecido que has tenido a un padre es un espectro? Una presencia que te acecha murmurante en el bar, que te mira con descaro a la salida de misa, sólo porque eres una prueba incontestable; pero no entiendes —o no quieres entender— de letras escarlatas, esas que te pintan en tu cara y tus gestos, herencia de tu familia paterna. ¿Contra quién blandir el puño? No puedes acabar con alguien que no está. Guardas esas ganas para lo que queda.

Queda la ausencia. Queda la vergüenza. Queda el diván.

Y te guardas algunas ganas para quien queda —demasiado tarde, demasiado todo: cada «no», una batalla—.

Aun así, durante aquellos veranos en el pueblo, algo me decía que tenía derecho a estar allí. Era consciente de mi capacidad para disfrutar —de mí misma, en definitiva—. Y lo hice.

Las tardes eran mi dominio. Empezaban con el agua de fregar la cocina después de comer, evaporándose en las losas de cemento a la sombra, calientes tras horas abrasadoras. Dejaba un olor a calor fresco y a oportunidades.

Soberana de un minúsculo reino contemplaba sobre un corcel de dos ruedas, no con los ojos sino con la memoria, mis dominios que se extendían hasta el infinito —en aquellos meses consistían en el pueblo entero y el día siguiente (o todo el tiempo del mundo)—. El sol, cómplice de mis planes, iba derrochando luz y calor, más sobriamente con cada hora que pasaba, para acabar regalándome lo mejor de día: el crepúsculo. De vez en cuando, una tormenta y sus minutos previos de bochorno y osadía. «Aún no empezará, aguanta un poquito más…»

Lo que más añoro de aquellos veranos es la sensación de seguridad. Quizá ese vapor de agua que ascendía a través de las losas —como si en vez de una niña hubiera sido una sacerdotisa del Oráculo de Delfos— podría haberme revelado algún misterio, mostrado el camino correcto, asegurado que, después de todo, las cosas irían bien.

No se puede pedir tanto a la infancia de uno. Desde la gratitud hacia ella, intento disfrutar de una adultez con grietas, por las que me cuelo de vez en cuando, y me esfuerzo en imaginar un futuro con nuevos lugares, olores, y un Sol que pueda volver a ver una mañana cualquiera.

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