Llevo varios días queriendo meterle mano al blog pero me ha sido imposible por un motivo fundamental: ya no estoy sola. La re-adaptación a la convivencia está siendo como esperaba: difícil. Intento inventarme la paciencia, estoy cambiando mis planes y postergando, aunque me joda, lo que quiero hacer, incluido comer: hoy, después de dos días por fin parece que he recuperado un poco el ritmo. Después de hacer tetris con las circunstancias, las broncas, los ruidos, la falta de sueño, la negociación continua, los nervios, intentar relajarme ordenando o limpiando, paseos y conversaciones telefónicas, el levante, la ola de la calor, los putos mareos (cosas raras que me pasan que se pueden resumir en: manifestación psicosomática de toda la mierda que llevo encima/PTS, con un toque de origen físico indeterminado, aunque está por la zona del diafragma, y que me amargan la existencia), los ejercicios de los ojos, y la micro-siesta que me he echado, estoy por fin delante de la pantalla.
Tengo el dorso de un ticket del supermercado del barrio (es blanco, en papel sin satinar) lleno de palabras clave de lo que irán los posts que voy a escribir. Habrá un aluvión de Jimena en los próximos días.
El jueves pasado tuve la primera sesión con una nueva terapeuta y astróloga que llevaba siguiendo en YouTube ya meses. Me hizo un favor manteniendo la consulta, puesto que la hora que había salido libre había sido un error, pero como soy habitual del canal, miembro premium, y un poco la niña bonita de los comentarios (no puedo evitarlo, me hago querer, y puedo ser una gran seductora), me hizo el favor de pasar consulta. Ahora es difícil encontrar horas porque está pasando por una situación médica delicada. Sabía que sería muy bueno poder tener la sesión antes de la llegada, para así poder digerir a solas durante unos días la sesión. No me equivoqué. (En cualquier caso tuve una movida por teléfono pre-llegada, pero bueno, pude disfrutar durante unos días). Dejo a un lado el tema «pantalla final (la mamma)» —se intuye cómo va la cosa—. Me voy a centrar en el otro tema que quería tratar en la consulta: uno de los protagonistas de mis desvelos, y de muchos de los posts de este blog.
Habemus milagro.
Isabel enfocó el asunto de la única manera que se podía enfocar, diciendo las palabras que yo necesitaba para quitarme de encima la culpa que he arrastrado durante más de año y medio, y que se pueden resumir en lo siguiente: «Tú no has hecho nada malo. Te has expresado, has sido creativa, tú puedes subir lo que te salga de ahí a tus estados de WhatsApp o donde te dé la gana. Si establecéis algo, y la otra persona desaparece sin decir palabra, es él quien no ha sido responsable a nivel relacional. Es su problema, no el tuyo».
En los dos o tres días posteriores —aún ahora, aunque menos, debido a ya se sabe qué—, experimenté unos momentos de relajación que había olvidado cómo eran: esos en los que el cielo es más nítido, los colores más vivos, el aire huele mejor, y puedes escuchar/bailar Motivation de Kelly Rowland como si fueras negra, bitch. Vuelves a experimentar el mundo como si formaras parte de él, y no como si te estuviera ahogando, aunque sea momentáneamente.
Al día siguiente le borré del WhatsApp, aunque aún no el número. ¿Cómo es posible? Cambiando el prefijo de país. Yo al principio lo hice a mi manera, poniendo un 0 antes del número, pero la cosa se lio y acabé aprendiéndome el número de memoria con el rabillo del ojo (tengo un poco de memoria fotográfica). Solo hay que seleccionar el prefijo de otro país del desplegable, y ya desparece del WhatsApp. No pierdes el número, te evitas la desagradable ocasión de llamar o enviar mensajes sin querer, y dejas de ver su cara en la lista de contactos. Ayer borré el número definitivamente —note el móvil más ligero—, y me percaté de que el número que yo recordaba era el mismo excepto por una cifra. En fin, no sé. En cualquier caso, creo que hace mucho mucho tiempo hice un pantallazo del contacto… ¡Y qué más da! No voy a volver a tener ese número en mis contactos. [Imprescindible: realizar todas estas operaciones en «modo avión». Durante el proceso, pulsé el botón de llamada. A pesar de que ya había cambiado el prefijo y estaba en modo avión, el susto me lo llevé igual.]
El hecho de borrarlo de WhatsApp fue liberador. Durante todo este tiempo había mantenido una especie de cordón umbilical con su recuerdo —porque, quién sabe si él era consciente de nada de esto— a través de mis fotos de perfil. Ellas eran genuinas y representativas, pero estaban siendo prostituidas, se les hacía ser otra cosa, algo más. Esas fotos eran las visiones de una mujer que, yendo de un sitio a otro, probaba que había seguido en la vida. Tras la catarsis, nuevos pensamientos de gratitud, amor y cuidado hacia mí misma me gritaron que él no tiene derecho a saber si estoy en la playa o en la montaña, ni nada de nada. Y esto no alcanza a expresar el enojo que he sentido tras la redención —de eso hablaré en otra entrada—. No ha sido una rabia que corrompe, sino un pataleo que libera.
Había una razón para no borrarlo del todo, la famosa Ley de Murphy: basta con que creas que te has librado de alguien para que aparezca en tu vida de nuevo. Tener el número era mi seguro anti-contacto. De todas formas, ¿alguien piensa que va a escribir después de tanto tiempo? ¿Cómo lo enfocaría? No tiene sentido. No tiene recorrido. Y menos mal.
Continuará.
