Me he levantado tarde porque he estado tres días sin dormir y hoy, por fin, he podido recuperar el sueño y he estado 12 horas durmiendo.
Hoy me tocaba lavarme el pelo, pero he decidido ir a la pescadería antes de ducharme porque si esperaba más era probable que no encontrase pescado, y aún así no lo tenía claro: me lo he tomado como una pequeña aventura.
He rescatado una camiseta del cesto de ropa sucia, sudadera también sucia, pantalones (estos sí estaban bien), y he cogido mi abrigo de entretiempo de cuadros. En el último momento me he puesto unos buenos morros rosas, por aquello de disimular el pelo sucio, las bolsas de haber dormido demasiado, y restos de la Feline de HR que estrené ayer. Llevaba detrás de esa máscara años —esperaba a tener algo que celebrar; he llegado a la conclusión de que si espero a tener algo que celebrar, se me irá la vida—.
Hoy en la pescadería estaba atendiendo también el hijo de las pescadera. Yo había sido ya informada de que las pescadera tenía un hijo, y de que no estaba mal —aunque la persona que me lo había dicho y yo no tenemos los gustos muy parecidos—. Cuando he atravesado la cortinilla de tiras de plástico me he dicho: «¡Cómo no!» Sospechaba que podría estar: nunca había ido un miércoles a comprar pescado, que es probablemente el día que suele ir él.
El chico es bastante mono: bonitos ojos y con cara muy simpática, muy de aquí: un buen ejemplar dentro del fenotipo*. Aunque no es mi tipo. Él no me ha quitado los ojos de encima, excepto para abrir la lubina. Aún así, el ambiente era cordial. Yo estaba muy normal, pero sabía que estaba ocurriendo algo que no era normal del todo. Y he cometido un error: no hacer ningún comentario respecto a su presencia. Normalmente, yo hablo con la pescadera—un día tenía tiburón de la Bahía de Algeciras, ni yendo a la pescadería me libro de aquellas coordenadas—. Lo lógico hubiera sido decir algo. Yo estaba completando la misión de ver al hijo de la pescadera, perfeccionando ese momento en mi mente, o más bien, dándolo por zanjado. En un momento dado, la pescadera ha salido para sacar cajas vacías y cuando ha vuelto ha dicho: «A ver si llega ya la primavera en serio» (hoy hace un viento racheado de mil demonios), yo creo que por quitar un poco de tensión al ambiente. Y yo he respondido: «Es verdad, ayer incluso hacía viendo del Norte». ¡¿Quién dice eso!? Y sí, ayer hacía frío.
Me he dado la vuelta después de haber dado las gracias y haber sido educada, pero no encantadora: he atravesado la cortina de tiras tan campante, tan en plan la calle es mía (es que ese abrigo es muy de la calle es mía, aunque tampoco necesito ese abrigo para ir por la calle así), tan feliz con mi botín de lubina y bacalao. No sé que habrá pasado cuando me he ido. ¿Le habrá dicho la madre que se le ha notado un poquito? ¿Se habrá molestado porque no he hecho ninguna mención a su hijo? Con suerte, ¿me habrá disculpado por pensar que quizá me he sentido un poco abrumada? No me he sentido abrumada, pero quizá un poco incómoda porque si no, hubiera hecho algún comentario. Tampoco estaba cómoda porque era muy consciente de mi pelo sucio. O quizá no lo he hecho porque el muchacho no me ha gustado y me he llevado otra micro-decepción al tener que tachar de una lista imaginaria a un tío con el que, en realidad, tampoco hubiera tenido nada que hacer.
No se puede ir así por la vida, como si lo que te pasa solo te pasara a ti: como si ese momento es solo tuyo y estás tú solo ahí. Podría justificarme diciendo que soy tímida, y es posible que haya habido algo de eso, pero no ha sido solo eso. Una persona madura, por una parte, y una persona que tiene claras las convecciones sociales, por otra, hubiera dicho algo. ¿Si me hubiera sentido más segura con mi aspecto hubiera dicho algo? No sé.
No es la primera vez que veo a tíos of interest yendo con pintas. Aún no me he recuperado de aquella post-llorera por tener las tetas pequeñas y creer que mi vida había sido un desastre por ello, salir a la calle con ojos de panda y el pelo sucio… y encontrarme con Julio. Para qué me lo iba a lavar si iba al gimnasio (no volví a ir gimnasio con el pelo sucio – FULL STORY here).
Pero es que no quería quedarme sin pescado.
Bien es verdad que no me es complicado encontrar asuntos con lo que martirizarme. Lo único que puedo hacer es intentar arreglarlo el próximo día, ir más temprano… y con el pelo limpio.
^ Sabía que quería usar esa palabra pero no me salía. He tenido que buscarla en Google AI. La recordaba de un chat que tuve con Julio, y me extraña que se me haya olvidado porque dio lugar a la primera grieta que noté por dentro, una de mis primeras cagadas. Supongo que ha sido mi mente que, por una vez, rema a mi favor, pero yo he decidido quitarle los remos.
