La comida

Estoy nerviosa. Tengo muchísimas ganas de conocerles. Estoy acostumbrada a entrevistas de trabajo desastrosas, pero esto es otra cosa. Llevo días pensando en el modelito que me voy a poner. Tengo preparadas un par de opciones, por lo que pudiera pasar.

Me he decidido por un vestido de lino blanco y azul, justo por encima de las rodillas, y escote caja. No hay mucho que esconder ni mucho que enseñar. Podré ser yo misma, que es lo que me importa.

Recibo un audio. «Hola… Estoy a 5 minutos. Un besito… »

Gracias a las hadas de L’Oreal, la raya me ha salido bien hoy. Bueno, la medio raya… Hace ya meses que cambié la forma de maquillarme los ojos. Respiro y me oigo el estómago. Hoy he preferido no desayunar, pero confío en que la charla lo disimule durante los primeros minutos.

Recibo un mensaje, y sin percatarme del paso del tiempo y el espacio, estoy en el asiento del copiloto.

—¿Qué? ¿Preparada?
—Y ellos, ¿lo están? —suelto con un aire de suficiencia intentando disimular que estoy a años luz de estar preparada. ¿Cómo voy a estar preparada si aún me tiemblan las piernas si él me mira de perfil—.
—Hace un día magnífico.
—Sííí. Un día así es para pasarlo en una casa de campo.

Y me dejo caer con todo mi pasado y mi presente en mi asiento. Me dejo llevar por él y por el paisaje, algo que se ha convertido en una de mis cosas favoritas. A veces no hablamos en el coche. No siempre nos hace falta.

—Ponte a la Ceci.
—Jajajaja. Como quieras.

Y suena «L’Olimpiade». Tutta la vita un mar… Y yo me muerdo la lengua por no arrancarme a hacer el ridículo, aunque me pongo a hacer algún aspaviento.

Llegamos enseguida. Siempre se me hacen cortos los trayectos con él. Pongo el pie derecho fuera del coche, como si fuera la primera vez que me bajara de uno, e inmediatamente me repliego. Casi sin darme cuenta, tengo la cabeza de un golden retriever restregándose por mi regazo y mis piernas.

—¡¡Étienne!! ¡Ven aquí ahora mismo! No hace nada… Tranquila. Solo es muy efusivo…
—Ya lo veo…
—¡Llegáis temprano! —no lo dice como un reproche; de hecho parece sorprenderse agradablemente por ello, y eso me emociona. Ni siquiera me conocen pero ya tienen ganas de que esté allí—.
—Había poco tráfico.

Bisous. Bisous. Bisous.

Allí están, parte de la familia de mi novio («¡Mi novio!»). La madre, a la que ya conocía, dos hermanas con sus maridos, y varios sobrinos, a cada cual más guapo, alguno de ellos acompañado por su novia. Once o doce personas… Me hago un lío cuando pasan de cuatro: no estoy acostumbrada a contar tantos parientes. Pero son encantadores. Me hacen sentir parte de algo, de un núcleo más grande que una familia monoparental.

Cuando llega la hora de contar un poco sobre mí, me siento con fuerzas. He comido algo, ya no me ruge el estómago, estoy relajada y expectante. Cuando le miro, aunque solo de vez en cuando, porque he estado en varias conversaciones al mismo tiempo, me sonríe con los ojos. Parece decirme «Adelante. Todo está bien». Cuento en qué trabajo, qué he hecho hasta ahora, y describo brevemente la situación de mi familia, que no es que tenga que resumirla, precisamente: es breve, de por sí. Y entonces, recuerdo, comentando a qué se ha dedicado mi madre, que ella estudió francés en su día, antes de que yo apareciera inesperadamente, mi padre se largara y tuviera que prepararse las oposiciones y aprobarlas en un tiempo récord. Y me da por pensar qué no se perdería mi madre por haberme tenido. Una mujer moderna, con estudios, con inquietudes, que podría haber viajado, haberse dedicado a algo artístico incluso. Pero no ocurrió nada de eso. Toda una vida trabajando para darme lo mejor, luchando con toda clase de dificultades y dentro del aislamiento en el que siempre hemos vivido. Pero no llego a decir nada de eso, que pasa como una ráfaga por mi mente. Derramo una lágrima. Sonrío. Inspiro profundamente. Él, que está a mi lado, nota que algo no está bien, me acerca a su cuerpo con su brazo y me besa en la mejilla.

—¡Por las madres! —dice una de las tías—.
—¡Por las madres!
—¡¡WOUF!!


Esto lleva en el tintero desde agosto del 2024. Imaginarme esa comida me llevó efectivamente al llanto. Estaba muy sensible por aquella época (bueno, creo que ese es mi estado natural, y en relación con el asunto Julio especialmente). Es curioso porque la relación con mi madre ha sufrido golpes y cambios importantes durante los últimos años. Aún así, el amor está ahí. Ahora parece que ese proceso está llegando, por fin, a su conclusión, aunque debemos seguir trabajando día a día. Sin embargo, tengo muy claro que ha habido cosas excepcionales y que siempre, siempre, estaré agradecida.


Este el primer texto que escribo en el blog «como tarea». Estaba nerviosa, pero sabía que tenía que hacerlo. Me he sentido como una escritora de verdad. Después de hacer las cosas de casa pertinentes, me he sentado frente al portátil, y he empezado. Además, parece que lo he hecho justo cuando acaba el año astrológico, acompañando al final de otros procesos.