¿Cómo puede el vacío pesar tanto?

¿Cómo puede ser tan absolutamente asfixiante algo que no ocupa espacio?



He tenido que redefinir tanto una situación… que la persona que era cuando empecé a enfrentarme a ella ha cambiado, y casi no me puedo creer que haya sucedido todo esto y de que esté sobreviviendo.

No se trata de lo que es justo, se trata de lo que hay. Y sin darme cuenta me he ido haciendo más fuerte, aunque me apena tener que haberme endurecido a fuerza de hostias, de desplantes, de decepciones. Día a día, tengo que ir ajustando, añadiendo nuevos recuerdos para no sufrir más de lo necesario.

Al principio lo pasaba fatal por tener que dejar de ser yo misma para poder sobrellevarlo. Hoy me doy cuenta de que ese duelo ha acabado. Solo en ciertas ocasiones, en un lugar seguro, en un momento adecuado, sé que puedo soltar el escudo y la careta. Quizá eso sea la felicidad.


La sombra de lo que no soy, de lo que no hay, es capaz de oscurecer lo que sí soy, lo que sí existe: todas esas batallas ganadas que no se cuentan en los periódicos, porque no interesan a nadie, y a veces ni a mí misma.

Y, sin embargo, no me cambio por nadie. He tenido mucha suerte de poder vivirme, aunque esté siendo un infierno casi todo el tiempo.

Me gustaría toparme con algunas razones, con nuevos comienzos, con inesperadas respuestas. Pero de momento, esto es lo que hay.

El vacío y yo.