Soy una persona generosa de sí misma. No porque no me valore lo suficiente, sino porque no creo que deba de quedarme solo para mí. Porque me gusta, y si puedo dar gusto a los demás, ¿por qué no? Y eso no es vanidad. Sé que soy bastante mejorable, pero también sé que no soy una mierda.
Porque aquí tontas no somos ninguna, y sé lo que supone o implica publicar los dos posts previos. Me hago cargo.
Y no pasa nada. Si se puede hacer algo bueno, ¿por qué no hacerlo?
Y entonces pienso… que si ese tío hubiese tenido los santos cojones de adentrarse una puta mínima distancia en un amago de espiral, en un paja mental momentánea, si se hubiese atrevido a pensar «a ver qué pasa, puede que en la locura halle una nueva cordura», si hubiese comprendido que a veces lo disfuncional es lo único que funciona… yo le habría puesto un multiverso en la palma de la mano para que hubiera hecho lo que hubiera querido, y le habría mostrado que hay otras latitudes y longitudes en dimensiones que ni se imagina que existen. Y sé que algunas de esas coordenadas sólo se las podría mostrar yo.
Así que seguiré desparramándome por aquí, dejando señales que no llegan a ningún sitio, para que, mientras me pierdo por el camino, tenga la sensación de que aún sigo aquí y de que estoy yendo a alguna parte.
No quiero convertirme en alguien que no da otra oportunidad porque no me la dieron a mí. En caso de no hacerlo, que sea porque no quiero, simplemente, no quiero.
Y él no quiso, simplemente no quiso.
Y eso es lo que no acepto.
Simplemente… una explicación. Sólo una explicación: no una desaparición ni un truco de magia. Y quizá eso hubiera bastado. (Yo siempre explico, fallo mío esperar que los demás hagan lo mismo).
¿Cuándo voy a ser generosa conmigo misma y voy a aceptar que no fue mi culpa, que él no era la solución, ni siquiera una aproximación, que lo hubiera pasado mal más pronto que tarde, que en qué cojones estaba pensando —esa me la sé, y es completamente natural y normal—?
