
No puedo evitar mirar.




Recuerdo la emoción que sentí la primera vez que salí de ese supermercado al anochecer, al ver el cielo cubierto de rosa y tenues rastros amarillos. Hay pocas imágenes capaces de reconfortarme de esa manera. Ésta suele apoyarse en una sensación ambiental específica, una que te indica que el calor del día se ha doblegado, es un anuncio de «alto el fuego» —de duración indeterminada—, tras el que se establecerán los términos de la tregua, y se dará permiso a que llegue la noche. Observarlo un año después en otro establecimiento de la misma cadena —en otras coordenadas; el detallito del paraguas a lo Mary Poppins no es casual… Continuará—me recordó que, con más o menos matices, todo se repite.
Estoy leyendo Acción de Gracias por segunda vez, justo un año después. Y no a propósito; de hecho, ese libro pensaba regalarlo porque, para qué leerlo otra vez. Ni siquiera tenía claro cuándo había sido, tuve que mirar la fecha de compra de Amazon —días convulsos aquellos, no me extraña que me lo leyera como por encima, aunque de algunas cosas me acuerdo. Esta segunda lectura está siendo más concienzuda que aquella; en cualquier caso, siempre somos otros quienes volvemos a leer los mismos libros. Después de leer un par de bolsillo de novela negra española (apenas me duraron 48 horas cada uno; llevo tres semanas sin ver la TV, otro de los cambios recientes) necesitaba algo más contundente, y Richard Ford es bastante contundente. Me está entreteniendo y me está haciendo pensar, más de lo que me gustaría, pero aun así…
— ¿Qué has aprendido siendo agente inmobiliario?
— Tiendo a no fiarme de la gente, en cualquier cosa. Y con eso hago que la gente se comporte con total libertad. Si se confía de manera innecesaria en la gente, todo el mundo incurre en cierta obligación. No juzgar es mucho más fácil. Cuando no pensaba que aquel tío fuera a volver [uno que le había prometido volver con un cheque como señal para la compra de una casa], no es que no creyera en la verdad de sus palabras. Sencillamente me niego a hacer que la gente cargue con una responsabilidad añadida porque esté poco segura de sus intenciones. Necesitar que le crean a uno es una carga demasiado grande.
Ya tengo el rabillo del ojo puesto en el debut de Capote, que no es que empezara muy light, precisamente…
Edit: Resulta que a Acción de Gracias ya lo había paseado por estas latitud y longitud (φ y λ), durante mi primera lectura. Ni me acordaba. Ha sido al llegar a una parte específica del libro, ya en el último tercio, cuando me he recordado deteniéndome el en los mismos párrafos que hoy. El recuerdo es algo extraño.

No sé de qué manera y hasta cuándo voy a seguir volviendo.
El caso es que mis vías hasta ese lugar siguen abiertas; en otra dimensión, de otra manera, y me llevan allí. Y no hago nada por bloquearlas, por eliminarlas.
Y aparecen señales, luces que marcan lugares, conexiones. (Todo está conectado sin echarle mucha cuenta, imaginaos si le ponemos un poco de ¿GANAS?… O quizá sea eso que llaman ¿ENERGÍA? También me ha pasado con Capote y la triscaidecafobia… Ojalá pudiera hablar de esto con Rodrigo Cortés – esto es una referencia Luces Rojas, pero dejo el rollo, que aparentemente desvarío: ¿APOFENIA?).
El peaje es alto: saber más de algo que tendría que empezar a olvidar.
Y me pregunto cómo he podido escoger tal libro que me ha llevado a… una vez más; y el libro es largo, y cuando creo que me he librado de esas cinco letras, PUM, aparecen a 40 páginas del final.
En realidad, nunca tuve la licencia para surcar estos mares. Supongo que es lo único en lo que me permito saltarme las normas. Pasarlo mal no está bien, pero, bah. Y qué le voy a hacer, si mi vibración desde hace mucho tiempo es un canto de sirena que, a falta de marinero, atrae mensajes en botellas, recuerdos de la costa y restos de mi propio naufragio.
(¡Y lo que estoy aprendiendo…!)