¿Sabíais que en el edificio de la mítica escena de El día de la bestia había un hotel? Posiblemente siga allí. Un sitio como otro cualquiera para perder la virginidad. Insulso. Aséptico. Falso. ¿¡Qué coño estoy haciendo aquí con este tío!? (Gracias por cortar conmigo por SMS el día de San Valentín, el día antes de un examen de Sociolingüística —circunstancia que me jodió más aún—).
Esa manzana se convirtió en el emblema del centenario de la Gran Vía de Madrid. Ese año estaba en la capital. Asistí a alguna exposición relacionada y me compré un imán con el logotipo del centenario, aunque no me recordaba a aquello. Años más tarde volví a vivir allí, pero el edificio ya había perdido el poder de recordatorio. ¿Quién tiene un imán con el lugar exacto de la primera invasión del introito vaginal? Yo no: hace tiempo que lo tiré. Hay cosas que es mejor no recordar.
Cada vez que voy a Madrid es diferente, aunque no deja de guardar un cierto aire de familiaridad para mí. En la última visita hubo un momento de la calle es mía, con admiradores incluidos… ¡Qué subidón!

Hace demasiado tiempo que no voy. Mi campo de batalla es otro ahora mismo. Sin embargo, Madrid es un buen lugar para olvidar, aunque sea momentáneamente. También lo es para ser una versión que no te atreves a reconocer en ti. Admito que hay algo de orgullo en esa familiaridad que aún conservo, pero no podría volver a vivir allí. Cuando voy, disfruto hasta el viaje: los trayectos en autobús mes inspiran. Siempre hay algo por descubrir de uno mismo. Y cuando llego, me siento un poco menos desconectada de la vida, aunque sea una intrusa, alguien de paso.
Creo que esta semana me han propuesto un trío con Jacob Elordi. Como no me ha quedado muy claro, he tenido que preguntar. Me han dejado en leído. Se lo habrán montado ellos dos.
Hemos perdido todos.
