Mis manos tenían una misión: recoger cientos de amapolas y cubrir mi cama con pétalos rojos.
Desertaron.
Ahora se entretienen en preguntar cosas absurdas a chatGPT sobre atmósferas explosivas, mancharse con tierra cuando trasplanto alguna maceta, jugar con piedras por el camino, barajar cartas, recogerme el pelo.
Quizá esa misión no era para ellas. Quizá fue la mejor estrategia.
