Hace unas semanas tuve que volver al pueblo donde hago los recados porque había olvidado algo necesario para mí. Tal como estaba esos días, no me extrañó. Y me fastidió, por eso volví inmediatamente. No está lejos pero tampoco está cerca. Decidí aprovechar este segundo viaje para visitar la biblioteca. Era algo que había considerado, pero no lo tenía muy claro. Parece que no quería sucumbir al placer reproducido por enésima vez en otra biblioteca municipal. He estado en muchas, y me resistía a repetir lo mismo, con la sensación de «Otra vez aquí. Es otro sitio, pero todo sigue igual». Pero no todo sigue igual, y estos días me estoy percatando de ello, aunque si llego a explicarlo, será más adelante. Tengo tres o cuatro entradas al retortero. No son buenas, pero son importantes para mí, y quiero que salgan bien.

La gente que estudia en las bibliotecas se distrae muy fácilmente. Que las estanterías de préstamo se ubiquen en las salas de estudio no ayuda. Yo me coloqué muy cerca de la entrada a la sala, intentando no molestar y pasar desapercibida (un inintencionado estilo años 50 sureño puede llamar la atención, y más en ese tipo de municipios). Pero yo estaba a lo que estaba (como el 98% del tiempo). Afortunadamente, me topé con la sección de narrativa ahí mismo, y como no buscaba nada en concreto, estuve mirando por la M.

Los enamoramientos, Javier Marías.
Tres vidas de santos, Eduardo Mendoza.

Dejé los libros en el asiento del copilo. Mientras regresaba por la autovía estaba súper feliz de tener esos compañeros de viaje ahí conmigo, de saber que estarían a mi disposición cuando los necesitara en casa. Sentí que era muy afortunada por poder rodearme de algo con la capacidad de llevarme a una dimensión distinta, dentro de la que supuestamente habito, sin importar cuál. Y dentro de ella, disfrutar del viaje. ¡Ah! Cuando el inesperado destino hace que te sientas un poquito más pleno, es la leche.

De Marías he leído varias novelas. Esa no, aunque hubiera preferido sacar una que ya había leído porque no me ha enganchado. Quizá lo intente de nuevo a mi vuelta.

Sin embargo, de Mendoza sólo recuerdo haber leído Sin noticias de Gurb y puede que alguno más. Lo empecé en casa, y lo he traído para mis días fuera. Ya me he leído los dos primeros relatos. El segundo lo he devorado hoy de una tacada.

En «La Ballena» me ha impactado «El sabor de la civilización», refiriéndose a la Coca-Cola, lo que daría para una entrada. Debido a mi innata curiosidad, estuve repasando los eslóganes del brebaje, escogidos con mucho cuidado. El actual es «Real magic». Donde esté una Coca-Cola, que se quite la IA.

Respecto a «El final de Dubslav», es increíble cómo en tan pocas páginas se puede resumir la diatriba interna acerca de la existencia humana y su razón de ser. A veces las respuestas más importantes sólo llegan cuando observamos desde fuera.

[…] me estoy aburriendo horrorosamente, pero si por una contingencia impensable me viera obligado a permanecer aquí el resto de mi vida, yo también participaría en esta ceremonia.

Para leer un buen libro, con un vaso de agua debería bastar. A mí el vino me sube enseguida.

Hace calor. Hay que hidratarse, con lo que sea.


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