Hace 5 meses que tenía el álbum. Desde el principio, sabía qué pondría en primer lugar, pero hasta ayer por la tarde no encontré el momento adecuado para inaugurarlo. El álbum ha recorrido más de 1000 km desde entonces.
Ahora, ya no está en blanco.




Hace 5 meses que tenía el álbum. Desde el principio, sabía qué pondría en primer lugar, pero hasta ayer por la tarde no encontré el momento adecuado para inaugurarlo. El álbum ha recorrido más de 1000 km desde entonces.
Ahora, ya no está en blanco.




Revisando un bloc de notas para arrancar algunas hojas y coger apuntes en sucio, me encontré con este tesoro. No hay nada comparable a una nota escrita de tu puño y letra que te encuentra(s) meses o años más tarde para decirte: «¡Ey! Así eras, este era tu estado mental y emocional», y quizá apenas reconocerte en esas palabras y sorprenderte y reconciliarte contigo mismo.
Son escritos hechos con rapidez, aunque hay algunas líneas que están mejor escritas, depende de la prisa que tenía por plasmar las ideas…




Primavera 2025
(1)
No siento que haya perdido. estoy peor que antes, pero mejor, con menos «maquillaje». Este sitio me ha consumido.
Me hubiera gust
Que ya no me pones nerviosa
En otro lugar.
Pero, ¿y si fuera este?
Agradecimiento «extraño», no para mí, pero sí pero lo convencional. Los sentimientos son algo muy particular, igual que la verdad.
(2)
¿Cómo puedo hacer esto y dormir tranquila por las noches?
Mirando (hacia arriba) por el hueco de la escalera, preguntándote, fantaseando con lo que está ocurriendo allá arriba, pero sin posibilidad de subir a comprobarlo ni siquiera permiso. Y al segundo siguiente (¿así?) sales a la calle – dejas el portal atrás y te vuelves a olvidar de ese edificio, de esa ventana, de mí, porque así son las cosas y así deben ser.
Nadie subirá esa escalera. Sólo es cuestión de tiempo, pero me ha gustado tanto volver a sentirme…
(3)
Hamamelis.
Ámame «less».
Letting go feels fucking great.
(4)
Quiero dejar de sentirme como si no fuera suficiente.
¿QUÉ HE HECHO MAL?
Paloma en el alféizar de la ventana. De repente me percato que está ahí, e inmediatamente me quedo quieta y empiezo a moverme lentamente para no molestarla y que no se vaya por mi presencia. Pero se va. Y el susto por habérmela encontrado/haberme dado cuenta de que la he quitado de su sitio, me altera.
Me acuerdo del porqué de cada línea, pero cuando las encontré ayer fue como si las hubiera escrito en otra vida.
Llevamos mal no tener el control, y al tiempo no podemos manipularlo en absoluto, aunque nos mentimos con los relojes, las horas, los minutos, los segundos… incluso llegando a adjudicar carácter mágico a los números. ¡¿Que tendrán que ver las 11:11 con una flor que florece y se marchita?! Y sí, lo hace con tiempo, pero fuera del tiempo de mentira.
Si no sabemos cuándo empezamos y cuando acabamos… ¿cómo nos va a faltar tiempo?
Solo son dos ideas muy dispares y exiguamente desarrolladas, pero se puede observar que este tema da para mucho, y no sería una pérdida de tiempo… Aunque hoy quiero usar el mío para otras cosas… Mejor, os dejo con alguien que sí sabe hablar del Tiempo.
Mi tiempo no vale tanto;
quien lo hizo no nos lo vendió.
Frase que le dijo en una ocasión Céleste Albaret,
la gobernanta de Marcel Proust, al autor.
Es parte del texto en la novela de Proust En busca del tiempo perdido
«Por el camino de Swann», pág. 74, Alfaguara (2024).
Esta información se encuentra en nota al pie de la traductora,
Mercedes López-Ballesteros. (He citado en formato JIMENAPA 😄)

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¿Acaso llevaba muerto toda su vida y estaba asistiendo a su propio renacimiento? Porque mientras corría el denso murmullo de sangre entre sus dientes, empezaba su no muerte eterna.
Con solo unos segundos de intensidad sensorial olvidó la pesadumbre de la vida perdida, la que creía haber desperdiciado, la que no volvería a vivir…
Intuía que el reino que habitaría a partir de entonces sería el de las sombras… Sin embargo, nunca había experimentado su mundo anterior con tal potestad, una especie de derecho adquirido post mortem. Bajo un nuevo rol de espectador —¿Quién le hubiera dicho que disfrutaría tanto?— observaba la existencia de forma privilegiada.
El detalle más nimio cobraba significado. Las flores se abrían para él, los animales se agazapaban en su presencia, el pulso de las damas bullía como un arroyo que gorgotea entre las rocas. Era todo suyo: un mundo a sus pies al que no podría volver a pertenecer.
Dicen que es lo natural, pero yo siento que me estoy rompiendo. ¿Qué se supone que tengo que hacer ahora? ¿Actuar con naturalidad? Una nueva etiqueta, #mujer Pero… ¿qué mujer? ¿Una mujer, mujer? ¿Ahora qué me espera?
Según dijo un viejísimo doctor indio en The Guardian «que se te desintegre la pared interna del útero porque no estás gestando —que es lo que se supone que tendría que hacer una hembra—, no es para vanagloriarse; lo natural, no es tener el periodo, sino no tenerlo…». O algo así. Es que no he encontrado el link con la entrevista.
Otros dicen que si no tienes la regla, el problema es que no la tienes —tener la regla es la regla—, y si la tienes, ¿qué tienes que hacer?
Aquí todo el mundo opina. Yo me sigo preguntando a día de hoy, después de mucha sangre derramada, si soy mujer, mujer. Porque entre la biología y el género, me planteo si estaré dejando de llevar a cabo ciertos actos performativos, biológicos o sociales que hacen imposible que sea una mujer.
Y ya que estamos, no creo que tener la regla sea un vínculo cósmico-femenino que te conecta con el origen del universo. A pesar de que pueda parecer necesario biológicamente es, por encima de todo, un COÑAZO.
Llevo días preguntándome si hubiera actuado de otra forma en caso de haber tenido otra opción.
Yo fui lo último que vieron sus ojos, y aunque dudo que tenga esa imagen grabada donde quiera que él esté, de algo estoy seguro: yo no podré olvidar sus últimos segundos mientras viva. Dónde quiera que esté… ¡Cómo si no lo supiera! Lo tengo tan cerca, en cada pensamiento, en cada acción. No volverá a poner los pies junto a la cama al despertarse, ya nunca se lavará los dientes ni se quitará las legañas.
Fue su sangre lo que calentó mis dedos cuando le clavé el puñal en su abdomen. Lo hice con una dificultad reveladora de una materia y una densidad absolutamente terrenales y, hasta ese momento, completamente desconocidas para mí. Su fortaleza y mi debilidad me avergonzaron: «Debería ir al gimnasio más a menudo».
Seguramente no lo volveré a hacer, aunque no me siento especialmente mal al respecto. Tengo toda la vida por delante y no pienso desaprovecharla. Seré mejor persona, mejor marido, mejor amante. Ahora podré ser él.
Imagen destacada: The Fall (Tarsem, 2006) – Hace demasiado que no veo esa peli.

¿Cómo sería tu relación ideal?
Me pregunto dónde se desarrollaría esa relación ideal, y no logro imaginar un lugar para ella. ¿Acaso existe?
Supongo que me permito ser demasiado exigente, ¿y no debería? Cambiar mi wishlist no es una opción. Es precisamente ese repertorio de deseos el que enarbolo ante una ausencia —física, comunicativa o emocional—, cuando me siento rechazada y poca cosa; retahíla que me ayuda a mantenerme a flote durante un brevísimo periodo, y con la que me convenzo de que así estaré mejor. Esa lista —podría pasar por una receta de arroz con pollo— se queda en papel mojado cuando me percato de las muchas y diversas carencias que tengo para enfrentarme a una relación hoy en día.
¿Cómo era…? «[…] encontrarse manifiestamente en estados o situaciones transitorias que no responden a las exigencias físicas, psicológicas y/o sociales de los respectivos tipos de relaciones y de los otros implicados».
Cazar sin licencia.
A veces me da por protestar: será que me hago mayor, y no aguanto gilipolleces ya, aun a sabiendas de todo lo mío —o no mío. Pataleo y me rebelo contra lo que parece ser la to-do / checklist del personal en general: Hazte la tonta; omite esto y aquello; no muestres esta parte (hasta que sea demasiado tarde); domina la narrativa; invéntatelo, qué; cuánto, cómo (pero nunca «por qué»).
El paraíso no existe; una relación ideal, tampoco. Probablemente sea como un cofre escondido para el que tengo un mapa, uno que está tan lleno de cruces y marcas que es imposible descifrar dónde está enterrado el tesoro.
Tendré que conformarme con buscar mi espacio, y darme mimitos y caña a partes iguales.
(Ese tipo de caña daría para otra entrada, no es lo que parece a simple vista).
«Un comienzo titubeante, seguido de un desarrollo serio, con aparente tempo, que sorprende con inquietantes e intermitentes notas, acompañándote a un final que, a pesar de su contundencia, te invita a beber otra copa. El regusto a madera y metal merece una mención especial».
– Con rima y aliteración incluidas (!) ¿Qué ha sido esta vez?
– Había que cruzar fronteras.
– Es bueno explorar otras opciones.
– Ahora toca un reserva.
– Brindaré a tu salud.
¿Dónde han estado las palabras que pasan por mi boca?
. . .
¿Hasta qué punto lo que digo es propio o prestado?
Si solo puedo definir mi mundo con las palabras que conozco, ¿me estaré perdiendo algo importante? Algo para lo que no tengo palabras aún.
¿En qué medida las palabras de otros me definen?
¿Qué voy a ser sin esas palabras? ¿Qué no seré?
Cómo hacerlo a partir de ahora sin nadie que me diga esa boca es mía…
Buscando quién era un tal Andrew Lyndon, a quien Truman Capote dedicó uno de los mejores cuentos que hay en la antología Cuentos Completos, «Niños en sus cumpleaños», llegué a esta historia del sureño publicada en Esquire en 1975: «La Côte Basque». Pretendía ser la antesala a su esperada obra «Plegarias atendidas», y se desarrollaba íntegramente en un restaurante del mismo nombre. Bueno, ¿quién era Andrew Lyndon? Su amante, hubo cuernos, y ya ni me acuerdo por parte de quién; el caso es que teniendo en cuenta el cariz y el final del cuento de 1948, escrito por Capote con tan solo 24 años, no logré adivinar las intenciones de esa dedicatoria.
Pero ya había encontrado «La Côte Basque», y como necesitaba material del lectura, me puse con ella. Averigüé que como resultado de su publicación, Capote se convertiría en un paria social. Es mordaz, obscena, y no deja títere con cabeza criticando a la socialité de la época. Me cabreé porque habiendo leído otros trabajos suyos, me apenó ver cómo desperdiciaba su talento con este tipo de escritos. Y no es que esté mal escrito, au contraire, pero el genio está al servicio de lo escatológico, lo grosero, e incluso lo macabro.
Exactly. Lovely face. Divine photographed from the bazooms up. But the legs are strictly redwood forest. Absolute tree trunks. Anyway, we met her at the Widmarks’ and she was moving her eyes around and making all these little noises for Walter’s benefit, and I stood it as long as I could, but when I heard Walter say, ‘How old are you, Karen?’ I said: ‘For God’s sake, Walter, why don’t you chop off her legs and read the rings?’
…
[…] and while he lay there listening to her dress he reached down to finger (sic) himself, and it felt … it felt … he jumped up and snapped on the light. His whole paraphernalia had felt sticky and strange. As though it were covered with blood. As it was.
Tardé un par de horas largas en leérmela repartidas en dos ratos, con un mueca de desagrado que se me borraba de vez en cuando con alguna carcajada o un gritito callado.
Durante la primera media hora de lectura se me pasó algo por la cabeza: «¿Qué autora había estado investigando yo hace unos años, que me quedé colgando con ella?» No me vino el nombre. Imposible… La única conexión con el texto de Capote era que también la había estado leyendo en su lengua original.
Aprovecho para mencionar que, precisamente en el cuento «Niños en sus cumpleaños», ya encontramos ese tono soez que provocaba un carraspeo en otros personajes:
—Nací en China y me crie en Japón, aléjate de mi lata si no te gusta el melocotón, ¡o-jo, o-jo!
En fin, había dejado aparcado el asunto, seguía leyendo y… cuál es mi sorpresa cuando el narrador en primera persona menciona los tres libros preferidos de una de las protagonistas:
I remember once picking up a copy of what was, after the Bible and The Murder of Roger Ackroyd, Ina’s favorite book, Isak Dinesen’s Out of Africa; from between the pages fell a Polaroid picture of a swimmer standing at water’s edge, a wiry well-constructed man with a hairy chest and a twinkle-grinning tough-Jew face.
¡Isak Dinesen! Inmediatamente, me puse a buscar información. También publicó como Karen Blixen. Ella era ella. Lo que me llamó tantísimo la atención en su día fue Seven Gothic Tales. Y, por supuesto, había mucho material sobre Out of Africa/Memorias de África, novela en la que se basó la famosa película, y pensé al ver algún fotograma qué guapo era Robert Redford. Esto ocurrió la madrugada del lunes al martes.
El martes al medio día ya había terminado, con la conclusión de que lo que se hablaba en La Côte Basque flambearía cualquier plato. Después estuve buscando dónde podría volver a ver la película (Memorias…) online.
Y unas horas más tarde, salta la noticia del fallecimiento del actor Robert Redford. Que descanse en paz. No voy a detenerme en el asunto, no se trata de una entrada dedicada a él —sí, su labor fue encomiable, de eso no hay duda.
No sé por qué tuvo que pasárseme por la cabeza aquel vaguísimo recuerdo sobre unos cuentos que había estado leyendo por encima y que prometían, pero que dejé aparcados. Puede que la figura de esta autora, su idea, estuviera presente en un plano invisible, aproximándose, anticipándose a que su nombre estuviese en boca de muchos en este plano más visible, gracias a su novela. Podría decir que lo atrapé antes de que realmente estuviera ahí.
Después de haber relatado toda la historia, no me parece tan espectacular. ¿Podría considerarse uncanny? Por mi parte, espero que mi próxima pesca en las dimensiones exteriores no acabe en necrológica.
NOTAS AL PIE
Si queremos rizar el rizo, parece ser que el propio Truman Capote comentó sobre la novela: «Es uno de los libros más bellos de todo el siglo XX»». (pág. 23)
EXTRAS (foto Costa Vasca) (de flysch a flysch y tiro porque me toca)
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