Este texto estuvo en la papelera porque dejé de identificarme con él y porque acabó resultándome terrible, a pesar de que al principio lo vi como casi lo mejor que había escrito. Ahora, leyéndolo de nuevo, me parece que es bastante aceptable, y por eso me he decidido a compartirlo (excepto el último párrafo). Aunque de vez en cuando coquetee con la invención (es algo que debería hacer en la vida real más a menudo) seguiré siendo fiel a la verdad; es como me siento más a gusto.
Desde el comienzo del blog, hace ahora un año, siempre he escrito bajo el estandarte o etiqueta #verdad Ser honesta conmigo misma y con los demás ha sido algo tan inherente a mí como mi nombre (uno que me pesa más de la cuenta; a veces me da la sensación de que no estoy a su altura, aunque tampoco me imagino con otro). Pero igual que te decepcionan las personas (y sus nombres), también lo hacen los conceptos y los ideales.
La verdad se me ha caído. Acostumbrada a verla envuelta en un halo de dignidad, de repente ya no la veo tan venerable. He dejado de sentir placer recreándome en ella. Por fin le he despojado del estatus que le había atribuido, aunque me haya costado bastante.
Con la verdad, especialmente la de uno, la de sangre y la que sangra, no se suele llegar a ningún sitio que merezca la pena. Quizá el único lugar que las valga —la verdad y la pena— sea el interior de uno mismo, y ese es un panorama muy jodido. Supongo que nos levantamos cada día porque preferimos pensar que eso no es cierto; y sin embargo, puede que tomarlo como tal sea razón más que suficiente para salir de la cama. Ahora bien, el hecho de indagar en lo más remoto y esencial de nosotros mismos no tendría que conllevar, precisamente por su carácter íntimo, una exposición indiscriminada. Olvidé algo que la mayoría recuerda: podemos elegir cuándo, cómo o con quién ser generosos. Además, consideré esa generosidad encomiable, necesaria y justa (¡La hostia! Sí, todo eso. Cualquiera que haya leído el blog de vez en cuando sabrá a qué me refiero). No es un error gravísimo —nadie es tan importante y nada importa tanto—, pero el regusto a vulnerabilidad en la saliva no es muy agradable, y me apetece probar otros sabores.
Tampoco se llega a cama alguna, a veces ni a la propia. ‘Tengo sueño, pero un capítulo más, una página más’. Nos dejamos mecer en una marea de mentiras, y lo hacemos con gusto. Es lo que tienen en común las historias y el cortejo, aunque con el flirteo sabemos a qué orilla queremos llegar. Es divertido negar ese deseo, incluso ante nosotros mismos. Además, hay mentiras a las que no nos conviene darles réplica. «¿Yo? Pasaba por aquí».
Más allá de nuestro corazón y nuestro instinto, no queda mucho más, pero de una variedad y una urgencia tales que no podemos ignorar. Vivimos en un mundo donde nos acaba definiendo lo que menos somos en realidad. También ahí surgen a diario oportunidades de plantearnos algo diferente y de compartirlo: una forma de ampliar nuestra vida, al menos de palabra. Palabra, curioso término para expresar «Lo juro. Verdad de la buena».
Así que por qué no retorcer algo esas palabras, permitirnos escoger la narrativa que nos venga mejor, enseñar nuestras bitácoras más o menos inspiradas, nombrar los astros y las estrellas que no vimos. ¿Y quién vendrá a decirnos que no estaban allí?