Se hicieron amigos de pequeños, y hasta ahora. Una mirada bastaba para entenderse, o al menos, así había sido siempre. Sin embargo, cada vez eran más frecuentes momentos de incomprensión, de aislamiento, de constatar que algo ha cambiado.
— Ya se cansará. — O no —le dice haciendo zoom con los dedos—. Toma, un wasap. Qué pena me das. — Jajaja. Así me distraigo… Sigue en pie lo del jueves, ¿verdad? —dice cambiando de tema, y dejando el audio para después—. Estoy en racha… — ¿Tiene la semana siete días?
Y entonces ve cómo su amigo de toda la vida deja de estar allí, para irse a espiar por la puerta entreabierta del salón de su casa y ver a sus padres bailando Los Panchos. Lo tiene claro, pero eso no le libra de una punzada en el pecho cuando vuelve a darse cuenta de que nunca volverá a verles bailar, ni hacer ninguna otra cosa juntos.
Él lo deja tranquilo. En unas horas —si no, menos—, aparecerá remando a brazo partido en la orilla de esa isla, la que emerge con la desilusión de la madurez, y le llevará a tierra firme.
Es imposible definir algo en la nada. Todo es en relación a algo ajeno, en lo que se diferencia de lo otro. Al menos, eso dicen algunos.
El tiempo también define. ¿Cómo designar un momento como inolvidable sin el paso del tiempo? No puedes vivir una experiencia y decir: «Esto será inolvidable». Puedes intuir que se quedará contigo, pero la certeza llegará con los días. Y en cualquier caso, ¿hasta cuándo?
También podrías morirte mañana o desarrollar amnesia. Y ese trance dejaría de existir en tu memoria. Lo inolvidable se extinguiría.
Últimamente estoy pensando mucho en una noche de hace dos veranos. No me atrevo a llamarla inolvidable. Soy algo escéptica.
Hace un par de años, una noche de verano de insomnio decidí echarme a la calle a las 4 a.m. y acercarme a un lugar que aún no conocía de la ciudad por el que tenía interés: el Parque del Centenario. Envuelta en el leve frescor urbano, y a paso ligero, estuve casi una hora caminando por aceras desconocidas. Crucé algún saludo con otro noctívago (insomne o muy madrugador). Estaba contenta y relajada. Me había aventurado a explorar aquel lugar y me sentía satisfecha conmigo misma. Podría haberme encontrado con alguna persona durmiendo por allí, pero no suelo ser miedosa para esas cosas.
Un rótulo de acero corten y restos de una exposición —o dinero público mal invertido— daban la bienvenida a lo salvaje: el Estrecho, la vegetación litoral… y también a unas imponentes estructuras de cemento que hacían de bancos y miradores. Aún quedaban minutos de noche cerrada. Estaba por primera vez ante ese mar que jugaba entre unas rocas rasgadas sin explicación fuera de la mitología. En frente, el peñón de Gibraltar, que visto desde allí es exótico por derecho propio y no por razones geopolíticas. Por último, la música. Había descubierto recientemente lo último de Asier Etxeandia, su proyecto Mastodonte. Estaba fascinada con ese disco y lo escuchaba sin parar.
En ese momento, no era consciente de que estaba disfrutando de todo aquello sin relacionarlo con nadie ni nada en concreto. Sólo se trataba de hundirme en esa experiencia nocturna, en el mar a mis pies, en el aire benévolo de esas horas. Sí era consciente de que no necesitaba nada más. Durante unos instantes, el musgo y la sal en el ambiente, la luna casi invisible dirigiendo la marea, y el impulso que me llevó aquella noche a ese punto del planeta se convirtieron en lo único que necesitaba para sentirme viva.
No estaba sola. Al cabo de unos minutos empecé a distinguir cómo alguien se zambullía a lo lejos buscando huellas de dioses antiguos. Estaba demasiado lejos como para que hubiera oído cantar Fuerte y lento.
El perro dormitando vigila de reojo el alba.
Tan solo unas semanas después, empecé a querer algo que no podía ser mío. Y llegó el dolor, y el vivir los días en relación a aquel deseo insatisfecho. Es un resumen muy sucinto, que solo sirve para seguir esta entrada.
Ahora que he logrado desprenderme de todo aquello, sin recurrir a Leroy Merlin ni usar comodines, me encuentro otra vezdeseando algo más de lo debido. Puede que no me haya querido dar cuenta de que ese capricho pseudo-voluptuoso ya llevaba ahí un tiempo, bien porque tenía otros asuntos que atender —entre ellos lograr ese desapego—, bien porque quería que desapareciera. Seguramente lo haya aprovechado en cierta manera.
Por eso estos días estoy recordando aquella noche, en la que inspiraba a pleno pulmón la ausencia. Y, sin embargo, haciendo trampas, puedo hacer como si lo fuera —libre—, y me dejo impresionar y me vuelvo a perder…
¿Qué es lo que convierte algo en suficiente?
Y de los momentos en los que no necesitaba nada a estos de ahora en los que la necesidad se hace más patente.
Hay, sin embargo, una extraña sensación de libertad y de tranquilidad cuando me enfrento a mi realidad actual: árida, salada, con algunos momentos resbaladizos que, si bien no son espectaculares, tienen su aquel.
El domingo me senté en un banco situado encima de las raíces de un plátano de sombra, y bajo su inmensa copa (las ramas tienen unas vetas muy bonitas). Estaba totalmente acogida por el árbol. Sin embargo, estar sola físicamente —sí tengo al alguien con quien compartir cómo me siento y donde encuentro apoyo y ayuda, pero me hubiera gustado tenerlo además de otras formas—, y el hecho de estar topándome con dificultades de diversos tipos (a todos nos pasa, a unos más que a otros), me hizo pensar que ese abrazo del árbol era una señal. Percibí que estaba transitando algo importante en mi vida: la certeza de que podía estar sola, que eso es lo que hay, que me tengo a mí, y que si estoy pudiendo con esto, es que he pasado al siguiente nivel.
El argentino se ha colado en el bus incorrecto en Madrid, pero no por su culpa, como bien ha explicado él mismo cuando en Albacete sobraba gente: el conductor me ha dejado pasar con mi billete. Ya me había percatado de su presencia antes. Me ha atraído. Estaba sorprendida porque hacía mucho que no me llamaba tanto la atención un chico, y además me ha parecido exótico, pero no sé por qué. Intuía que él también se había fijado en mí. También hacía mucho de que eso fuera mutuo. Como siempre, yo me he desentendido. Él iba un fila detrás en ventanilla, yo en pasillo, lo que significa que podía ver todo lo que yo estaba haciendo en el móvil, por ejemplo, editando entradas en el blog. Podría haber dejado un rato la portada del blog para darle algo de contexto, pero de estar absolutamente en seco a esa osadía hay un trecho demasiado grande. ¿Para qué? ¿Y si es un psicópata? Déjate de rollos… Intenta dormir.
Cuando se ha bajado en Murcia (yo seguía hasta Cartagena), ha pasado por mi lado yendo hacia la puerta de atrás. Confiaba en volver a verle una vez más, para deleitarme por lo menos. Entonces, él se ha girado hacia mí antes de empezar el descenso, me ha mirado fijamente y me ha dicho con los ojos lo que no ha podido decirme durante el trayecto, ese que hemos compartido tan cerca y tan lejos. Juraría que ha seguido mirándome mientras bajaba.
He logrado mantener la cara de póker que ya tenía —estaba flipando— y no sé si he llegado a sonreír con los ojos ante semejante despedida.
Y le he observado mientras se iba, colocándose la mochila (iba ligero de equipaje), deseando que le fuera bien. (Lo cierto es que no sé si iba o venía).
Hasta aquí, la parte «Qué bonica es la vida a veces».
Ahora toca «Me cagüen la madre que parió a ALSA». Porque estos señores han tenido la gran idea de hacerme ir a Cartagena para coger mi último autobús allí, y regresar a la estación de Murcia otra vez (y seguir hasta mi destino). Lo que significa que podría haberme ahorrado el trayecto Murcia-Cartagena-Murcia, la visita a la súper estación de buses de Cartagena (ironía) y algo de dinero. Y si me hubiera bajado allí quizá hubiera entablado conversación, y hubiera tenido otro final. O no. Porque quizá para él esa mirada ha sido despedida y cierre.