«Luego, haz caso a nadie».

Siento un impulso de vez en cuando.

Una parte de mí aún cree que ciertas cosas pueden tener sentido, que se puede ir un poco más allá. Subyace un deseo: compartir, no sentirme una isla, hacer algo con alguien, que podría ser tan sencillo como ayudarle mínimamente, pero sin perder(me) demasiado en el camino. Me gustaría que algo ligeramente vivo, real y enriquecedor naciera de ahí (la palabra clave es «ligeramente»). ¿Cómo no querer crear algo positivo —o al menos, no negativo—, y equilibrado?

En esos momentos me es imposible luchar contra ese afán de adentrarme en algo que yo considero que merece la pena. «Es lo que tengo que hacer. Es lo que quiero hacer». Podría decir que hago caso omiso a mis instintos, pero no sería cierto. Es una deriva que tomo con seguridad, con paso firme. Lo medito y, aun así, actúo con cierta impulsividad, provocada por esos anhelos comprensibles que procuro tomar con naturalidad, sin juzgarlos.

Porque durante bastante tiempo sentí que hacía el gilipollas y el ridículo. Y algo de eso queda. Noto cómo me aprieta el pecho el traje de payasa (y cómo atreverse a quitarle el trabajo a las de guardarropía; es lo único que tienen que hacer, y además lo hacen mal), y me conformo con esa respiración «corta de fecha» de labios pegados que sonríen sin sonreír, que me sirve lo justo para hacer lo que tengo que hacer en mi día a día, pero sin alma—.

Ahora estoy disfrutando de una nueva visión de lo que me ocurre, algo así como una reinterpretación. ¿Y si se trata de ser y actuar con mi versión más auténtica (o al menos, una de ellas)? Parece que el hecho de atreverse a intentarlo aunque el resultado fuera llevarme un chasco (y otro, y otro…) requería de cierta vindicación: «No estás haciendo el imbécil, estás actuando como realmente eres, con el corazón».

Cuando me lo estoy planteando, ni siquiera tengo en mente algo parecido a «Esta vez, va a funcionar». Y entonces, ¿por qué hacerlo? Porque para mí tiene algún valor.

Lo que ocurre casi siempre es que acabo perdiéndome en derroteros y mini-historias que me dejan totalmente desubicada, emocionalmente tambaleante, y un poco más vacía que antes. Y es que, para satisfacer esa pulsión, he de invertirme a mí misma.

Hace un par de días reflexionaba sobre esto, ya que últimamente he vuelto a meterme en diferentes laberintos, y concluí reforzando una idea previa: he de evitar este tipo de excursiones. Ya tengo más que bastante. Y si no fuera así, tampoco debería adentrarme en senderos que no me llevan a ningún sitio, y de los que acabo saliendo por donde he entrado rodeada de polvo.

Sé que tarde o temprano volveré a caer, a seguir mis honestos instintos que eligen a conciencia una derrota. Abrazaré la próxima hostia.

(Espero que quede lejos)


2 respuestas a “«Luego, haz caso a nadie».”

Comentarios