Entre musgo y sal

Es imposible definir algo en la nada. Todo es en relación a algo ajeno, en lo que se diferencia de lo otro. Al menos, eso dicen algunos.

El tiempo también define. ¿Cómo designar un momento como inolvidable sin el paso del tiempo? No puedes vivir una experiencia y decir: «Esto será inolvidable». Puedes intuir que se quedará contigo, pero la certeza llegará con los días. Y en cualquier caso, ¿hasta cuándo?

También podrías morirte mañana o desarrollar amnesia. Y ese trance dejaría de existir en tu memoria. Lo inolvidable se extinguiría.


Últimamente estoy pensando mucho en una noche de hace dos veranos. No me atrevo a llamarla inolvidable. Soy algo escéptica.

Hace un par de años, una noche de verano de insomnio decidí echarme a la calle a las 4 a.m. y acercarme a un lugar que aún no conocía de la ciudad por el que tenía interés: el Parque del Centenario. Envuelta en el leve frescor urbano, y a paso ligero, estuve casi una hora caminando por aceras desconocidas. Crucé algún saludo con otro noctívago (insomne o muy madrugador). Estaba contenta y relajada. Me había aventurado a explorar aquel lugar y me sentía satisfecha conmigo misma. Podría haberme encontrado con alguna persona durmiendo por allí, pero no suelo ser miedosa para esas cosas.

Un rótulo de acero corten y restos de una exposición —o dinero público mal invertido— daban la bienvenida a lo salvaje: el Estrecho, la vegetación litoral… y también a unas imponentes estructuras de cemento que hacían de bancos y miradores. Aún quedaban minutos de noche cerrada. Estaba por primera vez ante ese mar que jugaba entre unas rocas rasgadas sin explicación fuera de la mitología. En frente, el peñón de Gibraltar, que visto desde allí es exótico por derecho propio y no por razones geopolíticas. Por último, la música. Había descubierto recientemente lo último de Asier Etxeandia, su proyecto Mastodonte. Estaba fascinada con ese disco y lo escuchaba sin parar.

En ese momento, no era consciente de que estaba disfrutando de todo aquello sin relacionarlo con nadie ni nada en concreto. Sólo se trataba de hundirme en esa experiencia nocturna, en el mar a mis pies, en el aire benévolo de esas horas. Sí era consciente de que no necesitaba nada más. Durante unos instantes, el musgo y la sal en el ambiente, la luna casi invisible dirigiendo la marea, y el impulso que me llevó aquella noche a ese punto del planeta se convirtieron en lo único que necesitaba para sentirme viva.

No estaba sola. Al cabo de unos minutos empecé a distinguir cómo alguien se zambullía a lo lejos buscando huellas de dioses antiguos. Estaba demasiado lejos como para que hubiera oído cantar Fuerte y lento.

El perro dormitando vigila de reojo el alba.

Tan solo unas semanas después, empecé a querer algo que no podía ser mío. Y llegó el dolor, y el vivir los días en relación a aquel deseo insatisfecho. Es un resumen muy sucinto, que solo sirve para seguir esta entrada.

Ahora que he logrado desprenderme de todo aquello, sin recurrir a Leroy Merlin ni usar comodines, me encuentro otra vez deseando algo más de lo debido. Puede que no me haya querido dar cuenta de que ese capricho pseudo-voluptuoso ya llevaba ahí un tiempo, bien porque tenía otros asuntos que atender —entre ellos lograr ese desapego—, bien porque quería que desapareciera. Seguramente lo haya aprovechado en cierta manera.

Por eso estos días estoy recordando aquella noche, en la que inspiraba a pleno pulmón la ausencia. Y, sin embargo, haciendo trampas, puedo hacer como si lo fuera —libre—, y me dejo impresionar y me vuelvo a perder…

¿Qué es lo que convierte algo en suficiente?


Y de los momentos en los que no necesitaba nada a estos de ahora en los que la necesidad se hace más patente.

Hay, sin embargo, una extraña sensación de libertad y de tranquilidad cuando me enfrento a mi realidad actual: árida, salada, con algunos momentos resbaladizos que, si bien no son espectaculares, tienen su aquel.

El domingo me senté en un banco situado encima de las raíces de un plátano de sombra, y bajo su inmensa copa (las ramas tienen unas vetas muy bonitas). Estaba totalmente acogida por el árbol. Sin embargo, estar sola físicamente —sí tengo al alguien con quien compartir cómo me siento y donde encuentro apoyo y ayuda, pero me hubiera gustado tenerlo además de otras formas—, y el hecho de estar topándome con dificultades de diversos tipos (a todos nos pasa, a unos más que a otros), me hizo pensar que ese abrazo del árbol era una señal. Percibí que estaba transitando algo importante en mi vida: la certeza de que podía estar sola, que eso es lo que hay, que me tengo a mí, y que si estoy pudiendo con esto, es que he pasado al siguiente nivel.